21 gramos…

En 1907, Duncan McDougall, un médico que publicó un artículo titulado «Hypothesis concerning soul substance together with experimental evidence of the existence of such substance» (Hipótesis relativa a la sustancia del alma junto con evidencia experimental de la existencia de tal sustancia), describe cómo colocó varios pacientes moribundos sobre una báscula con el objetivo de medir si en el momento de su fallecimiento la báscula marcaba un peso diferente. En su opinión, si la masa de la persona disminuía en el instante de su muerte podía tratarse de una evidencia de que el alma acababa de escapar de su cuerpo. Realizó el mismo experimento con perros. El resultado es que los humanos perdieron peso, los perros no, y se expandió la creencia de que nuestra alma viene a pesar 21 gramos. Los científicos se alteraron, como siempre que se habla de lo inmaterial, refutaron los experimentos pero aún seguimos a vueltas con el tema.

Ignoro si el alma pesa, si tiene aura, o si se podrá cuantificar de alguna manera tangible algún día, pero sí creo en ella. Este pasado fin de semana decidí dedicármelo por entero a mí, a mis aficiones, muy alejado de lo que Lorca denominaría mis asuntos. Mi trabajo es duro emocionalmente, mucho, nadie me pide cita para algo bueno. Robos, agresiones, divorcios, herencias complicadas, accidentes de tráfico, despidos, deudas… Me resulta inconcebible que haya personas que me comenten lo bonito que es mi trabajo. Me he pasado años asqueada hasta que he descubierto cómo hacer contraste: crear cosas bonitas, mejorar mi mundo, y ser mejor persona. Sólo así puedo sobrevivir a mi decisión de seguir ejerciendo, que no me explico muy bien. Afortunadamente, en ocasiones el mundo se vuelve amable para mí y sucede alguna cosa que me hace recuperar la fe en el ser humano.

Domingo por la noche. Cenando frente a mi caravana después de una mañana llena de trasteos varios con madera y cristal y una agradable tarde de pesca. Mis cascos puestos y la voz de Iker Jiménez tripulando su nave del misterio. Me tocan el hombro. Un gigante de dos metros con pinta hippy me habla en un inglés mezclado con portugués. Me pide que le pinte un cuadro. ¿Cómo? le pregunto desconcertada. Con dificultad idiomática me explica que le pinte un cuadro para él al día siguiente. Nada en mis actividades del fin de semana tenía que ver con la pintura, así que mi desconcierto aumenta. Le indico que ya tengo todo recogido porque al amanecer vuelvo a Sevilla, y su cara refleja tristeza. Más desconcierto. Intrigada, le pregunto qué quiere que le pinte. Mi alma, responde con una sonrisa. Su alma… No un barquito o un bodegón, no, su alma… Me vuelvo a disculpar con un escueto sorry, no me daba la cabeza para más, y me contesta que no pasa nada, que el mundo es un pañuelo y que sabe que tarde o temprano le llegará un cuadro mío con su alma pintada en él. Se despide amablemente, y de pronto me sale preguntarle de qué color es su alma. Azul, me dice, como el mar, porque el mar es sincero y no miente. Le pregunto por su nombre. Rui, me contesta. Dos besos y se va sonriendo no sé por qué.

Dejé la cena, a Iker y mi mente empezó a bullir. Pintar un alma… Primero, yo no sé pintar. Lo he hecho, sí, pero no sé. Segundo, ¿Cómo se pinta un alma? Además, cuando me dijo que su alma era azul yo la vi verde. Loca, pensarás, y puede, pero la sentí verde. Y con esa idea empezé a vislumbrar cómo podría ser ese cuadro. Y recordé. En mi coche tenía un pequeño lienzo que iba a utilizar para un proyecto que no tenía que ver con la pintura. Y pinturas, que tampoco tenían que ver con pintar un cuadro, pero me las había llevado. Y pinceles, que tampoco eran para eso pero alli estaban. Y me fui a por todo ello. Y pinté.

alma rui

Lo dejé por la noche sobre la mesa por si pasaba, que lo pudiera recoger. Por la mañana lo puse sobre un asidero de la caravana por si lo veía al pasar, y avisé al chico que se la lleva a su garaje que lo dejará en el bar del camping si el cuadro seguía allí al ir a quitarla. No sé qué ha sido del cuadro. No sé si lo ha recogido o se lo han entregado, o sigue dando vueltas o se lo ha quedado otra persona. Pero ahí está el alma de Rui. O lo que salió de esta extraña historia. Y por alguna razón que desconozco, las personas que pasaron por allí durante la mañana mientras yo terminaba de recoger y me iba, sonreían al verlo y yo diría que les gustaba. Mi peculiar mundo, en ocasiones, es mágico.

ESCUCHADO AYER

– Vaya… ¿Y de qué color es mi alma?

– Naranja. Tendente al ocre.

– Caray… ¿Y de qué color crees que es la mía?

– Azul transparente.

Y si alguien me pregunta por la mía, diré que burdeos brillante. Y que pesa, exactamente, 21 gramos.

10 comentarios en “21 gramos…

    1. No domino este medio y de alguna manera sé que ya te he contestado, pero reitero por si acaso. Me gusta mucho leerte. Mucho. Y la conexión alcanzada. Y tu mundo. 21 gramos y un tres por uno. No está mal como comienzo…

      1. Sí que me llegó :D. Muchas gracias de nuevo por tu comentario y, desde luego, muchas gracias por compartir tu experiencia. Es lo que me inspiró para mi entrada!

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