Que nadie se quede atrás…

Paseo mi mirada cansada por un sinfín de escritos y frases cien veces repetidas en la red, hasta que mis ojos se detienen en un relato que me atrapa. Habla de un reencuentro fascinante y desolador entre quien lo escribe y un antiguo compañero suyo de clase, no sé si es realidad o ficción, y me ha dado por recordar mi propia historia con una compañera de clase de cuando aún era muy muy pequeña para entender muchas cosas. La Peste, la llamábamos entre risas con ese deje estúpido de los niños crueles. Y jugábamos a escapar de ella porque olía fatal y no nos podía tocar. Ella corría detrás de nosotros siguiendo el juego del pilla pilla. Era una chiquilla extraña, no de las que se quedan en un rincón y permanecen invisibles durante años en clase, pero sí de las que no terminan de encajar.  Recuerdo que en una ocasión se hizo una chuleta para un examen de no sé qué. La pillaron cinco segundos después de abrirse su falda plisada de esas que se enroscan a la cintura, y mirar un folio lleno de una letra roja enorme que se veía desde toda la clase y que todos escuchamos crujir cuando fue a mirarlo. Lo que nos reímos con aquello. Lo que nos reímos de ella tantas veces. Durante años me sentí fatal con aquello. Bulling, se llama hoy en ese lenguaje tan moderno que usamos. Por entonces, sólo éramos unos críos estúpidos que nos creíamos estupendos y rechazábamos al raro, al diferente, al del rincón. Y era machacado sin piedad.

Siempre me persiguió aquello. He llevado su nombre grabado en mi memoria desde entonces. Y hace un par de años, cuando ya no la esperaba, la vi. Fue en el encuentro de los 30 años de la promoción. Yo me fui mucho antes que ninguno de aquel cole, pero ella me recordaba y me saludó con su enorme sonrisa. Me pregunté por sus secuelas y no las aprecié. Allí estaba ella sonriendo a todo el mundo, feliz del reencuentro y disfrutando de cada instante que pasamos entre aquellas paredes. Ni siquiera parecía afectada de que treinta años más tarde volviésemos a vernos entre esas mismas paredes. Yo la miraba intrigada y acabé hablándolo con un par de compañeros de fatigas. Me confirmaron que aquello siguió algunos años más, y que ella nunca se quejó. También se mostraron arrepentidos, y también habían pensado en ella en varias ocasiones. Decidimos hablarlo con ella, disculparnos, decirle lo estúpidos que habíamos sido, pero no nos decidíamos. La observábamos y no parecía tener cicatrices en el alma. Sonreía feliz. Nos comentaba a unos y a otros lo maravilloso que era volver a vernos. Brillaba tanto como brillábamos los demás con eso estar juntos de nuevo. No fuimos capaces de decirle nada. Nunca sabremos si nos dio una lección en silencio, si realmente no le afectó, o si su mente lo borró de un plumazo para poder sobrevivir. No quisimos removerlo por si acaso. O tal vez nos venció la cobardía. Como sea, recordándola a ella y a tantos diferentes que no encuentran acomodo en las aulas, ojalá, nunca más, se quede nadie atrás.

LEÍDO ESTA MAÑANA

Que nadie se quede atrás. (Magdalena S. Blesa)

Iba conmigo al colegio. Fue un niño raro, introvertido. Alguien me dijo hace un par de años que un familiar suyo abusaba de él. Hoy lo he vuelto a ver en un portal, con la cabeza baja, sucio, inflado como una bota. De vez en cuando me lo cruzo y me viene a la cabeza parte de mi niñez, el aula que compartimos, su timidez, el día en que se orinó y sirvió de cuchicheo entre los niños y niñas del recreo. Nunca lo vi ponerse el primero en la fila. Nunca fue el primero en ninguna de las pruebas de la clase de educación física. Nunca tuvo la mejor nota, de hecho, creo que nunca aprobó un examen. Siempre me saluda, pero baja inmediatamente la cabeza de nuevo. No sé qué droga toma, no sé qué bebe, no sé en qué máquina se juega lo poco que lleva en el bolsillo. Un niño que perdió a su madre cuando nació. Un niño que encontró a su padre colgado cuando tenía doce años, un niño del que abusó un tío suyo en la infancia, un niño solo en el mundo. Ahora tiene mi edad. Se tambalea, huele mal, pero sigue sonriéndome cuando me ve. Me aprecia, sabe que escribo, que viajo, sabe en qué trabajo. Ayer bajó la mirada. Me detuve. Le pregunté que cómo estaba. -Bien, dijo dentro de su mascarilla torcida y sucia. Mentira. No está bien, pensé. ¿Quién estaría bien en esas condiciones?. ¿Cómo va a estar bien un hombre al que la vida no ha hecho más que darle guantazos a diestra y siniestra?. -Bien, balbuceó. Le pregunté que dónde vive ahora, por entablar un poco de conversación con él. Me dijo el nombre del barrio. Seguimos hablando. -¿Te acuerdas cuando íbamos juntos a la escuela?. -Si, claro, dijo. Le nombré a algunos profesores y mantuvimos una conversación bonita finalmente. De pronto me dijo: -Y tú ya me he enterado que has llegado lejos. Me sorprendió tanto escucharlo decir unas palabras seguidas, que le hice repetirlo. -¿Cómo dices?. Entonces dijo: -Con las poesías, que has llegado lejos con las poesías esas tuyas. Palabras textuales. Cuando iba a despedirme de él, le dije, palabras casi textuales: -Fíjate si he llegado lejos, que he llegado hasta ti. No son mis poemas los que me han llevado lejos, eres tú y la gente como tú, que me hace entender cada día que llegar lejos es volverse, desandar el camino e ir hacia atrás, en busca de los que no pueden avanzar solos.

CONFESIÓN FINAL

Arrepentida, en otro cole me posicioné al lado del diferente con nulo éxito. Supongo que yo aún no estaba preparada para entenderlos y saber qué hacer para ayudar, más allá de no participar y tratar de frenar situaciones, ni ellos encontraban el modo de confiar en alguien. Es cierto que me posicioné muchas veces junto al débil y lo protegí de situaciones feas, pero hubo un momento, allá por mis terribles 15, en que recaí. Y durante un curso entero provoqué y me burlé de otro extraño, de uno de los chicos del rincón, un adolescente con ninguna habilidad social y que luego supe que tenía otros problemas añadidos. Aún hoy en día, en ocasiones, mi entonces cómplice y siempre amiga y yo comentamos avergonzadas lo mal que nos portamos con él. En nuestra defensa podría decir que nos iba al capote por sí solo, que se defendía estupendamente, que ponía su propio límite de aguantarnos, pero en justicia, no tenemos defensa alguna.

Por todos y cada uno de los niños que se han quedado atrás en un momento dado…

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