Violencia es violencia…

En ocasiones, una sabe que va a ser impopular a la que toque ciertos temas. En ocasiones, a una le da lo mismo, francamente, que se discrepe en los principios básicos, aunque suene a soberbia. Y violencia es violencia, da igual quien la ejerza. Todo lo demás es demagogia. Acabamos de “celebrar” (por qué lo llamarán así) el día contra la violencia machista. Me pregunto para cuándo el día de la violencia feminista, o lo que sería aún mejor: el día contra la violencia y punto. Hombres. Hombres maltratados, acallados, arrinconados. Hombres aislados de sus amistades, de sus familiares, de sus compañeros de trabajo. Hombres golpeados y amenazados. No los llamamos así, claro. Calzonazos, apocados, pusilánimes. Los invisibles, al fin y al cabo. Los grandes olvidados de esa cosa mal llamada igualdad.

En estos días convulsos, la hija de una amiga sufre maltrato. 21 años tiene la criatura. Si logra salir, si consigue entender dónde está y buscar ayuda, sus hermanas acudirán raudas al rescate. En formación y perfectamente entrenadas para acabar con la dominación patriarcal y todas esas palabrejas que repiten hasta el hastío. Es una víctima del macho, del hombre, del depredador de mujeres.

Un amigo mío también sufre maltrato. tiene 50 años la criatura. Si sale, sólo recibirá desprecio, incomprensión, y todo lo que escucharon miles de mujeres hasta hace poco. Su maltrato es de manual, psíquico y físico. La maltratadora tiene el perfil típico, nada que añadir. Todo es de libro, pero nadie alza la voz contra su situación y la de tantos otros. No tienen ayudas, no ya económicas, sino psicológicas y sociales, por supuesto. Son hombres y se les presupone otra fuerza, otras cualidades que a estas feministas de salón y fondos a mansalva les parece suficientes para negar que puedan ser maltratados. El buenismo social que padecemos no les abarca a ellos. Me duele ver la vergüenza que sienten reflejada en sus rostros. Me duele porque desde niños les han hecho creer, y nos han hecho creer, que no pueden llorar, que los hombres no se quejan, que su sexo les impone ser fuertes, valientes y nada les puede amedrentar ni asustar. Mucho menos se pueden sentir intimidados por una mujer, mucho más débil y poca cosa si ellos se imponen. Si se somenten, son unos bragazas, calzonazos, poco hombres. Y así vamos.

He conocido muchas mujeres maltratadoras. He conocido muchos hombres sometidos. Tú también, seguro, solo que a lo mejor lo disfrazas de frases como “su mujer hace de él un pandero”, “es que no tiene carácter”, o “está muy enamorado y hace todo lo que ella quiere”. Igualdad, piden las mamarrachas al frente de todo esto. Lo visten de palabras biensonantes, de actos emotivos y de perfectos lemas, que apruebo sin duda. Pero se me quedan vacíos cuando la igualdad va en un sólo sentido (lo siento, Rae, pero voy a seguir acentuándolo), eliminando a una parte de la ecuación. Suena a Vox, dirás, ¿Y qué? No deja de ser una verdad incuestionable. No me gusta la demagogia. Violencia es violencia, y ya hemos aprendido que la psicológica es igual de dañina o más, que la física. Y en eso las mujeres somos expertas.

En ocasiones, detesto ver en qué nos estamos convirtiendo para poder rescatar a tanta mujer maltratada. En días como hoy, necesito gritar que ellos también lo son pero guardamos un vergonzoso silencio.

ESCUCHADO ESTOS DÍAS

– Ya, pero lo quiero y puede cambiar (chica de 21 años).

– Es que si no, me deja. Me ha prometido cambiar (hombre de 50 años).

Ahí tenemos la igualdad, y no la queremos ver…

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