Autor: Marié

Ay, Carmela…

Sucede que en ocasiones lo impensable nos sacude, y surge la necesidad de gritar improperios al viento, a ver si así no estallamos. Sucede que hay almas que te dibujan sonrisas por más que andes desolada, o te preparan flanes que suponen te enloquecen, sólo por darte el gusto y sentir que te colmaba.

Sucede que es imposible caminar por la general, esa arteria que separa el paraíso del asfalto en su mismo centro, mirar a los balcones frente a la Ruta a la altura del segundo, y no recordarla en las madrugadas que llegábamos al alba, esperando enfurruñada, impasible el ademán con su bata y su despeine, a que su hija asomara por algún lado.

Sucede que vamos para mayores y los nuestros se nos van yendo. Uno a uno, cada cual a su forma y manera, se nos escapan entre los dedos dejándonos un poco más huérfanos. Los propios nos duelen más, sí, pero los otros, los que hacían las veces cuando los nuestros nos enfadaban, los que nos acogían en sus casas y nos sentaban en su mesa, también dejan su vacío al irse. Y no hay palabras que consuelen. Los apegos son así.

Sucede que no puedes evitar preguntarte si en alguna parte, allá en lo alto, o en lo etéreo, o en un Olimpo inventado o en el cielo estrellado, no seguirán sus rutinas y mi padre paseará incansable río arriba intentando desentrañar los secretos del río y su cauce, mientras la abuela Dolores recorre nuestras casas a ver si se necesita algo, el abuelo José juega a la petanca, el primo Luis Carlos monta a caballo y los tíos están a la fresca disfrutando de una buena tapa. Y la tía Oti a lo suyo sin quitarnos ojo, digo yo, que siempre fue la independiente de la familia. No sé lo que andan haciendo los tuyos, pero imagina…

Sucede que la ley de vida es un axioma que nos repetimos para consolarnos, pero no funciona demasiado. Sucede que el mundo era mucho mejor cuando Carmela aún enredaba por aquí. Sucede que, en días como hoy, todos los que la tratamos nos sentimos un poquito más solos.

ESCUCHADO AYER

  • ALEXA, ¿Quieres dormir conmigo esta noche?
  • Lo siento, es mejor que seamos amigos.

Pues empezamos bien la relación. Estuve a punto de desenchufarla.

Alegoría de un pellizco…

PELLIZCO

Dicen que si te lo da una monja te retuerces, que, si lo aplica tu abuela en tus mofletes al ritmo de cómoquieroyoaesteniño, deseas que termine cuanto antes, y que la lotería los concede para tapar agujeros a modo de tierra o cemento. Pero no dicen nada de los del estómago, más allá del hambre que sientas. No mencionan esos que duran menos que las mariposas, pero son más intensos. Esos que te sorprenden a traición y no lo entiendes.  La brevedad hecha existencia.

Así, mencionas a tu padre, pellizco. Escuchas una canción, pellizco. Evocas un recuerdo, pellizco. Te llega un susurro, pellizco. Recibes una mirada invisible a través de cien mares, pellizco. Y los cardenales te hacen sonreír porque estás viva.

GUERRA DE ÓRGANOS

El corazón estaba ofendidísimo, y su cabreo hizo que retumbaran sus bramidos en cada pared de su cuerpo. Los pulmones no dejaban de inflarse y desinflarse marcando el ritmo a la nariz, que se contraía cada vez que el oído escuchaba. La bilis hacía estragos porque el hígado no toleraba la insurrección del páncreas y de los demás, y los ojos lanzaban destellos de fuego cada vez que la garganta gritaba. El estómago se había puesto del revés en señal de protesta, y la lengua no paraba de moverse alterada, hablando atropellada. Los riñones colapsaron la vejiga y los intestinos intentaron zarandear al bazo que, como siempre, se hacía el loco. Entonces el cerebro intervino. Les pidió a los pulmones que relajasen su respiración, medió entre los demás que se detuvieron avergonzados, y dejó al corazón para el final. A él le abrazó fuerte hasta que se calmó. Sólo entonces pudo exponer su punto de vista. Al caer la tarde, cada uno se dedicaba a lo suyo y el cerebro, ya descansado, se empezó a preparar para el siguiente pellizco.

ESCUCHADO HOY

–          Estoy embriagada de amor y de dolor.

Un pellizco de monja bien dado lo arreglaría. Fijo.

Violencia es violencia…

En ocasiones, una sabe que va a ser impopular a la que toque ciertos temas. En ocasiones, a una le da lo mismo, francamente, que se discrepe en los principios básicos, aunque suene a soberbia. Y violencia es violencia, da igual quien la ejerza. Todo lo demás es demagogia. Acabamos de “celebrar” (por qué lo llamarán así) el día contra la violencia machista. Me pregunto para cuándo el día de la violencia feminista, o lo que sería aún mejor: el día contra la violencia y punto. Hombres. Hombres maltratados, acallados, arrinconados. Hombres aislados de sus amistades, de sus familiares, de sus compañeros de trabajo. Hombres golpeados y amenazados. No los llamamos así, claro. Calzonazos, apocados, pusilánimes. Los invisibles, al fin y al cabo. Los grandes olvidados de esa cosa mal llamada igualdad.

En estos días convulsos, la hija de una amiga sufre maltrato. 21 años tiene la criatura. Si logra salir, si consigue entender dónde está y buscar ayuda, sus hermanas acudirán raudas al rescate. En formación y perfectamente entrenadas para acabar con la dominación patriarcal y todas esas palabrejas que repiten hasta el hastío. Es una víctima del macho, del hombre, del depredador de mujeres.

Un amigo mío también sufre maltrato. tiene 50 años la criatura. Si sale, sólo recibirá desprecio, incomprensión, y todo lo que escucharon miles de mujeres hasta hace poco. Su maltrato es de manual, psíquico y físico. La maltratadora tiene el perfil típico, nada que añadir. Todo es de libro, pero nadie alza la voz contra su situación y la de tantos otros. No tienen ayudas, no ya económicas, sino psicológicas y sociales, por supuesto. Son hombres y se les presupone otra fuerza, otras cualidades que a estas feministas de salón y fondos a mansalva les parece suficientes para negar que puedan ser maltratados. El buenismo social que padecemos no les abarca a ellos. Me duele ver la vergüenza que sienten reflejada en sus rostros. Me duele porque desde niños les han hecho creer, y nos han hecho creer, que no pueden llorar, que los hombres no se quejan, que su sexo les impone ser fuertes, valientes y nada les puede amedrentar ni asustar. Mucho menos se pueden sentir intimidados por una mujer, mucho más débil y poca cosa si ellos se imponen. Si se somenten, son unos bragazas, calzonazos, poco hombres. Y así vamos.

He conocido muchas mujeres maltratadoras. He conocido muchos hombres sometidos. Tú también, seguro, solo que a lo mejor lo disfrazas de frases como “su mujer hace de él un pandero”, “es que no tiene carácter”, o “está muy enamorado y hace todo lo que ella quiere”. Igualdad, piden las mamarrachas al frente de todo esto. Lo visten de palabras biensonantes, de actos emotivos y de perfectos lemas, que apruebo sin duda. Pero se me quedan vacíos cuando la igualdad va en un sólo sentido (lo siento, Rae, pero voy a seguir acentuándolo), eliminando a una parte de la ecuación. Suena a Vox, dirás, ¿Y qué? No deja de ser una verdad incuestionable. No me gusta la demagogia. Violencia es violencia, y ya hemos aprendido que la psicológica es igual de dañina o más, que la física. Y en eso las mujeres somos expertas.

En ocasiones, detesto ver en qué nos estamos convirtiendo para poder rescatar a tanta mujer maltratada. En días como hoy, necesito gritar que ellos también lo son pero guardamos un vergonzoso silencio.

ESCUCHADO ESTOS DÍAS

– Ya, pero lo quiero y puede cambiar (chica de 21 años).

– Es que si no, me deja. Me ha prometido cambiar (hombre de 50 años).

Ahí tenemos la igualdad, y no la queremos ver…

Que nadie se quede atrás…

Paseo mi mirada cansada por un sinfín de escritos y frases cien veces repetidas en la red, hasta que mis ojos se detienen en un relato que me atrapa. Habla de un reencuentro fascinante y desolador entre quien lo escribe y un antiguo compañero suyo de clase, no sé si es realidad o ficción, y me ha dado por recordar mi propia historia con una compañera de clase de cuando aún era muy muy pequeña para entender muchas cosas. La Peste, la llamábamos entre risas con ese deje estúpido de los niños crueles. Y jugábamos a escapar de ella porque olía fatal y no nos podía tocar. Ella corría detrás de nosotros siguiendo el juego del pilla pilla. Era una chiquilla extraña, no de las que se quedan en un rincón y permanecen invisibles durante años en clase, pero sí de las que no terminan de encajar.  Recuerdo que en una ocasión se hizo una chuleta para un examen de no sé qué. La pillaron cinco segundos después de abrirse su falda plisada de esas que se enroscan a la cintura, y mirar un folio lleno de una letra roja enorme que se veía desde toda la clase y que todos escuchamos crujir cuando fue a mirarlo. Lo que nos reímos con aquello. Lo que nos reímos de ella tantas veces. Durante años me sentí fatal con aquello. Bulling, se llama hoy en ese lenguaje tan moderno que usamos. Por entonces, sólo éramos unos críos estúpidos que nos creíamos estupendos y rechazábamos al raro, al diferente, al del rincón. Y era machacado sin piedad.

Siempre me persiguió aquello. He llevado su nombre grabado en mi memoria desde entonces. Y hace un par de años, cuando ya no la esperaba, la vi. Fue en el encuentro de los 30 años de la promoción. Yo me fui mucho antes que ninguno de aquel cole, pero ella me recordaba y me saludó con su enorme sonrisa. Me pregunté por sus secuelas y no las aprecié. Allí estaba ella sonriendo a todo el mundo, feliz del reencuentro y disfrutando de cada instante que pasamos entre aquellas paredes. Ni siquiera parecía afectada de que treinta años más tarde volviésemos a vernos entre esas mismas paredes. Yo la miraba intrigada y acabé hablándolo con un par de compañeros de fatigas. Me confirmaron que aquello siguió algunos años más, y que ella nunca se quejó. También se mostraron arrepentidos, y también habían pensado en ella en varias ocasiones. Decidimos hablarlo con ella, disculparnos, decirle lo estúpidos que habíamos sido, pero no nos decidíamos. La observábamos y no parecía tener cicatrices en el alma. Sonreía feliz. Nos comentaba a unos y a otros lo maravilloso que era volver a vernos. Brillaba tanto como brillábamos los demás con eso estar juntos de nuevo. No fuimos capaces de decirle nada. Nunca sabremos si nos dio una lección en silencio, si realmente no le afectó, o si su mente lo borró de un plumazo para poder sobrevivir. No quisimos removerlo por si acaso. O tal vez nos venció la cobardía. Como sea, recordándola a ella y a tantos diferentes que no encuentran acomodo en las aulas, ojalá, nunca más, se quede nadie atrás.

LEÍDO ESTA MAÑANA

Que nadie se quede atrás. (Magdalena S. Blesa)

Iba conmigo al colegio. Fue un niño raro, introvertido. Alguien me dijo hace un par de años que un familiar suyo abusaba de él. Hoy lo he vuelto a ver en un portal, con la cabeza baja, sucio, inflado como una bota. De vez en cuando me lo cruzo y me viene a la cabeza parte de mi niñez, el aula que compartimos, su timidez, el día en que se orinó y sirvió de cuchicheo entre los niños y niñas del recreo. Nunca lo vi ponerse el primero en la fila. Nunca fue el primero en ninguna de las pruebas de la clase de educación física. Nunca tuvo la mejor nota, de hecho, creo que nunca aprobó un examen. Siempre me saluda, pero baja inmediatamente la cabeza de nuevo. No sé qué droga toma, no sé qué bebe, no sé en qué máquina se juega lo poco que lleva en el bolsillo. Un niño que perdió a su madre cuando nació. Un niño que encontró a su padre colgado cuando tenía doce años, un niño del que abusó un tío suyo en la infancia, un niño solo en el mundo. Ahora tiene mi edad. Se tambalea, huele mal, pero sigue sonriéndome cuando me ve. Me aprecia, sabe que escribo, que viajo, sabe en qué trabajo. Ayer bajó la mirada. Me detuve. Le pregunté que cómo estaba. -Bien, dijo dentro de su mascarilla torcida y sucia. Mentira. No está bien, pensé. ¿Quién estaría bien en esas condiciones?. ¿Cómo va a estar bien un hombre al que la vida no ha hecho más que darle guantazos a diestra y siniestra?. -Bien, balbuceó. Le pregunté que dónde vive ahora, por entablar un poco de conversación con él. Me dijo el nombre del barrio. Seguimos hablando. -¿Te acuerdas cuando íbamos juntos a la escuela?. -Si, claro, dijo. Le nombré a algunos profesores y mantuvimos una conversación bonita finalmente. De pronto me dijo: -Y tú ya me he enterado que has llegado lejos. Me sorprendió tanto escucharlo decir unas palabras seguidas, que le hice repetirlo. -¿Cómo dices?. Entonces dijo: -Con las poesías, que has llegado lejos con las poesías esas tuyas. Palabras textuales. Cuando iba a despedirme de él, le dije, palabras casi textuales: -Fíjate si he llegado lejos, que he llegado hasta ti. No son mis poemas los que me han llevado lejos, eres tú y la gente como tú, que me hace entender cada día que llegar lejos es volverse, desandar el camino e ir hacia atrás, en busca de los que no pueden avanzar solos.

CONFESIÓN FINAL

Arrepentida, en otro cole me posicioné al lado del diferente con nulo éxito. Supongo que yo aún no estaba preparada para entenderlos y saber qué hacer para ayudar, más allá de no participar y tratar de frenar situaciones, ni ellos encontraban el modo de confiar en alguien. Es cierto que me posicioné muchas veces junto al débil y lo protegí de situaciones feas, pero hubo un momento, allá por mis terribles 15, en que recaí. Y durante un curso entero provoqué y me burlé de otro extraño, de uno de los chicos del rincón, un adolescente con ninguna habilidad social y que luego supe que tenía otros problemas añadidos. Aún hoy en día, en ocasiones, mi entonces cómplice y siempre amiga y yo comentamos avergonzadas lo mal que nos portamos con él. En nuestra defensa podría decir que nos iba al capote por sí solo, que se defendía estupendamente, que ponía su propio límite de aguantarnos, pero en justicia, no tenemos defensa alguna.

Por todos y cada uno de los niños que se han quedado atrás en un momento dado…

Carta de los Reyes Magos a los padres: análisis de una niña de 50 años.

Ayer fui a darle su regalo de cumpleaños al hijo de unos amigos, y charlando mientras él lo montaba con su hermana en otra zona de la casa, sus padres me explicaban que la niña ya empezaba a creerse eso que venía oyendo desde hace tiempo respecto a que los Reyes Magos son los padres. Por ello, han decidido darle una carta que circula por Internet, y que me ha despeinado los chacras y lo que no lo son, al leerla.

Ciertamente empieza estupendamente, más o menos así:

Mamá, mamá… mis amigas del cole dicen que los Reyes Magos son los padres, ¿es verdad?

La madre de María sonríe, le da un beso y le dice: Mira María…

-Tengo que enseñarte algo que guardo en este cajón desde hace 7 años.

Su madre saca del cajón un sobre blanco. Lo abre y le dice a María:

-Esta carta la recibimos en casa el día en que naciste. Es una carta escrita por los Reyes Magos y que nos piden que les hagamos tres favores. ¿Quieres que te la lea?

¡Sí mamá, por favor!

CARTA DE LOS REYES MAGOS A LOS PADRES

Apreciado papá y apreciada mamá de María,

Somos los Reyes Magos. Sabemos que acaba de nacer María. Es una niña preciosa que os va a hacer muy felices a los dos. Ya sabéis que cada 6 de enero nosotros vamos en silencio a casa de todos los niños y les dejamos unos regalitos para celebrar el nacimiento del niño Jesús y para decirles lo orgullosos que estamos de ellos.

Pero a partir de ahora no podremos hacerlo porque estamos muy viejecitos y cada vez hay más y más niños en este mundo. No podemos ir a casa de todos. Cuando llegué a este punto, ya empecé a torcer el gesto. Si ya de por sí, la imagen que tenemos mil veces repetida es de unos Reyes Magos muy mayores (insisto siempre a los niños y a los no tan niños que las personas son mayores y las cosas viejas o antiguas) no quiero ni pensar cómo se imaginará un niño de pronto a unos Reyes aún más mayores de lo que está acostumbrado. Y ese “no podemos ir a casa de todos… ¿Dónde se queda la magia de los Reyes? No me quiero poner muy talibana, pero empieza regulines la carta, la verdad… Y sigo leyendo:

Además, ayer me caí del camello y me rompí el brazo (soy Melchor, un poquito torpe); Gaspar es muy lento porque camina con la ayuda de un viejo bastón y Baltasar, ¡nuestro viejecito Baltasar!, se olvida siempre de dónde tiene la lista de los regalos. Bien, de un plumazo tenemos a un Rey muy mayor y accidentado, otro al que en nada le ponen el andador o la silla de ruedas, y a otro con Alzhéimer. Francamente, yo no sé cómo me voy a sacudir la impresión. Yo entiendo que para un hombre muy entrenado en ver de manera científica esto del envejecimiento y la muerte, como mi padre, que vio tanto a lo largo de su carrera que se hizo inmune, no impacta tanto la escena, pero para los que no tenemos ese entrenamiento, y sobre todo para los niños, es muy triste imaginarse a los Reyes a punto de morir. Exagerada, me estarás diciendo sin duda. Pero piénsalo, te diré enfurruñada, esa carta se la dan a niños que hasta ese momento tenían una imagen mágica e idílica de sus Reyes. La pregunta de cualquier niño, después de dejar de llorar, imagino que será si se van a morir. Yo no entiendo a los adultos…

Y a continuación, la carta termina pidiendo tres favores:

Como ves, ya estamos muy mayores (ahí, insistiendo) y necesitamos pediros tres favores muy importantes:

Primer favor: Que nos ayudéis a poner los regalos a los niños. Cada padre y madre harán nuestro trabajo el día de Reyes: leerán las cartas de sus hijos y, con la misma ilusión que la nuestra, les pondrán los regalos como si fuéramos nosotros. Así todos los niños del mundo tendrán sus regalos y nosotros podremos descansar y ver, desde lo lejos, sus caritas de alegría. Vale, aunque yo no lo plantearía así.

Segundo favor: Como esto es un gran secreto, no se lo podréis decir a María hasta que cumpla los 7 años. Cuando tenga esta edad, ya será mayor y sabrá guardar este secreto. Los niños pequeños no deben saber que nosotros ya no podemos poner los regalos y que son los padres los que nos ayudan porque si no… ¿Qué pensarán de nosotros? ¿Dónde estará la magia? El secreto se ha de decir solo a los niños responsables, a los que ya pueden entender que nosotros les queremos mucho y que por eso pedimos ayuda a sus padres, las personas que más los quieren a ellos. ¿Cómo? Entonces a los 7 años ya es mayor quien recibe este notición?? Pero no sólo es mayor, además ya es responsable porque puede entender todo esto. Si se cruza con un niño que siga creyendo que son los Reyes los que ponene sus regalos, pensará que es tonto y no quiero ni saber las burlas que recibirá. Las criaturitas, a esas edades, no suelen destacar por su sutileza. Y eso sin mencionar que por lo visto la magia acaba a los 7, y de paso a los Reyes les preocupa qué pensarán de ellos por ser mayores…

Tercer favor: Algunos padres que nos ayudan están enfermos o no tienen dinero para comprar regalos a sus hijos. Y también hay niños que no tienen la suerte de tener dos papás. Por eso, necesitamos que vuestros hijos se conviertan “un poquito” en Reyes Magos y compartan algunos regalos con los niños que no tienen tanta suerte como ellos. Bien por compartir, pero la magia no debería monetizarse. A mí me arrebataron esa magia el día en que en vez de abrir paquetes con libros y regalines me dieron un sobre con dinero una fría mañana de Reyes. Aún me duele. Da igual que pensaran que me vendría mejor porque ya era una adolescente. Da igual que ya no fuera tanto a misa. Da igual, no entendieron que la magia no se mide por la cuantía de un sobre, ni por el número de paquetes. Aunque siendo justa, no fueron nada distinto a la mayoría de padres que conozco. Y los niños que reciban los regalos donados se sentirán como los que los recibieron nuevos, seguro, nos enseñán a tener y tener, a medirnos por cuántos paquetes más hemos abierto en relación a los demás, y luego, más adelante, según la ropa, el coche o la casa, pero dejad que os cuente algo: a los 8 años un vecino, Luis, el del segundo, el hijo del Capitán y nieto de Doña Elvira, me interceptó en la escalera y me lo soltó riendo, se creía muy importante entonces, como todos los que lo sabían y presumían de ello. Pregunté a otros y sí, resultó cierto. No recuerdo si se lo dije a mis padres, pero hasta el día del sobre, me gustaba acostarme la noche del 5 de enero sonriendo, sabiendo que esa noche mis padres se escabullirían sin hacer ruido, con miedo a la pillada, para dejar los paquetes bajo el árbol. Y siempre sentí que se emocionaban al ver mis manos abriendo ilusionada los nuevos libros que leer, los nuevos juguetes con los que jugar, y al vibrar con la magia de unos Reyes que delegaban en ellos el ocuparse de que no nos faltara nada aquella mañana tan especial.

Nada más. ¿No es demasiado, verdad? Cuando María te pregunte por primera vez quiénes son los Reyes Magos léele esta carta. Entenderá por qué nosotros hemos confiado en vosotros para hacer nuestro trabajo: porque sois las personas que más lo queréis en el mundo y que mejor pueden ver su enorme y bondadoso corazón de perla.

Melchor, Gaspar y Baltasar

No estoy de acuerdo con esta carta, pero nadita, me ha dejado muy revuelta imaginando a los tres Reyes al borde del colapso. Y ésta, queridos adultos, sería la mía para los hijos que nunca tuve:

-Esta carta la recibimos en casa el día en que nacisteis. Es una carta escrita por los Reyes Magos y que nos piden que les hagamos tres favores. ¿Queréis que os la lea?

¡Sí mamá, por favor!

Apreciados papás de Delors y Jovi,

Somos los Reyes Magos. Sabemos que acaba de nacer Delors y Jovi ya tiene un añito. Son increíbles, tanto ella como él, y tenéis la enorme responsabilidad de procurar su cuidado y felicidad. Ya sabéis que cada 6 de enero se celebra aquel momento hace tantos años en que llegamos junto al niño Jesús a llevarle nuestros presentes. Por eso, la noche anterior os tenéis que buscar las mañas para que no os descubran dejando sus regalos, igual de silenciosos que llegamos nosotros al Portal para no despertar al Niño. Durante los primeros años pensarán que somos nosotros y su ilusión será inmensa, pero llegará un día en que sabrán por alguien la verdad, y nos gustaría que en ese momento tan doloroso y desconcertante para ellos les entreguéis esta carta y así puedan entender...

Queridos niños:

Durante estos años, vuestros padres han esperado con la misma ilusión que vosotros la llegada de la víspera de Reyes. Han trabajado duro y han buscado aquello que pensaban que más os gustaría. Han cumplido con lo que les pedimos cuando nacisteis, que actuaran con vosotros igual que lo hicimos nosotros con el niño Jesús. Ahora ya sabéis la verdad, pero no debéis sentiros defraudados. La magia es así de maravillosa, cada niño recibe su regalo en esa mañana tan especial, y siente el amor de sus padres en forma de presente. Sin embargo, para que sea así, cuando un niño no tiene padres o éstos no pueden hacer magia, otras personas tienen que hacerlo por ellos. Y nos gustaría que vosotros fuerais personas así, capaces de llevar nuestra magia a otros. El amor no se mide por los regalos que entregas, pero es una forma más de decirle a alguien que no está solo, que se le piensa, y que puede contar con vosotros. Ese es el primer favor que os pido.

Perdonad no habéroslo dicho antes, pero es importante crecer sabiendo que hay muchas más cosas más allá de lo que podéis ver con los ojos. Que la magia existe, y no sólo sale de una varita de un Hada Madrina. Que hay muchas maneras distintas de expresar amor por los demás. Y que la noche de Reyes es la noche de la ilusión, de la magia y de la entrega de presentes. Esa es la tradición, y las buenas tradiciones son importante mantenerlas. Pero no olvidéis nunca que el año tiene más días. Y para esos otros días, tengo un segundo favor que pediros. Intentad cada día entregar un presente a alguien. Pero no algo comprado, no. Os diremos un gran secreto: un regalo no siempre es algo que se compra, se empaqueta y se entrega. Un regalo también es una sonrisa y un abrazo para el que está triste, o un apretón de manos y un cuenta conmigo para quien necesita ayuda, o acompañar a alguien hasta su lugar favorito y compartirlo si se siente solo. Un regalo es cuando ves a tus padres cansados, tumbados en el sofá y eres tú quien les pones una manta y respetas en silencio su descanso, o cuando ves que se ponen nerviosos porque todo anda revuelto de tus cosas y te pones a recoger antes de que lo hagan ellos. Sabemos que es un favor enorme, pero también sabemos que sois capaces de hacerlo, porque la magia existe en cada uno de vosotros.

Por último, debo contaros un último secreto. Los niños, cuando crecen, van olvidando que existe la magia. Poco a poco a los padres y al resto de adultos los problemas cotidianos, el trabajo, los hijos o la salud les absorben tanto que son incapaces de recordarla. Por eso os pido este tercer favor: que se lo recordéis con pequeños gestos que les ilusionen, con palabras que les hagan sentir lo especiales que son, con sorpresas que les dibujen sonrisas como las vuestras al abrir los regalos de los Reyes. La magia existe, sólo tenéis que expresarla a vuestra manera, y hacérsela llegar a los demás.

Ya tenemos que despedirnos, pero recordad, cuando os digan que los Reyes son los padres, será porque aún no les han entregado su propia carta. No les contéis nada, sus padres ya sabrán cuándo y cómo hacerlo…

Os iremos a visitar la noche del 5 de enero como cada año. Hasta entonces, un abrazo enorme. Gracias por ser nuestros emisarios. Os queremos.

Melchor, Gaspar y Baltasar

RECORDADO HOY

La promesa, año tras año, de permanecer despierta para ver a los Reyes paseando por la casa para dejar mis regalos. Jamás lo conseguí. Creo que en el fondo prefería despertarme y salir corriendo al cuarto de mis padres para despertarlos toda nerviosa, y de ahí salir gritando a mis hermanos que ya salieran ya que teníamos que ir todos al salón…

LA LEYENDA DEL ARCO IRIS O CÓMO ENTENDER LA POLÍTICA EN UN PISPÁS.

Cuentan que hace mucho tiempo los colores empezaron a pelearse. Cada uno proclamaba que él era el más importante, el más útil, el favorito.

El verde dijo: “Sin duda, yo soy el más importante. Soy el signo de la vida y la esperanza. Me han escogido para la hierba, los árboles, las hojas. Sin mí todos los animales morirían. Mirad alrededor y veréis que estoy en la mayoría de las cosas”.

El azul interrumpió: “Tú sólo piensas en la tierra, pero considera el cielo y el mar. El agua es la base de la Vida y son las nubes las que la absorben del mar azul. El cielo da espacio, y paz y serenidad. Sin mi paz no seríais más que aficionados.

El amarillo soltó una risita: “¡Vosotros sois tan serios! Yo traigo al mundo risas, alegría y calor. El sol es amarillo, la luna es amarilla, las estrellas son amarillas. Cada vez que miráis a un girasol, el mundo entero comienza a sonreír. Sin mí no habría alegría”.

A continuación tornó la palabra el naranja: “Yo soy el color de la salud y de la fuerza. Puedo ser poco frecuente pero soy precioso para las necesidades internas de la vida humana. Yo transporto las vitaminas más importantes. Pensad en las zanahorias, las calabazas, las naranjas, los mangos y papayas. No estoy todo el tiempo dando vueltas, pero cuando coloreo el cielo en el amanecer o en el crepúsculo mi belleza es tan impresionante que nadie piensa en vosotros”.

El rojo no podía contenerse por más tiempo y saltó: “yo soy el color del valor y del peligro. Estoy dispuesto a luchar por una causa. Traigo fuego a la sangre. Sin mí la tierra estaría vacía como la luna. Soy el color de la pasión y del amor; de la rosa roja, la flor de pascua y la amapola”.

El púrpura enrojeció con toda su fuerza. Era muy alto y habló con gran pompa: “Soy el color de la realeza y del poder. Reyes, jefes de Estado, obispos, me han escogido siempre, porque el signo de la autoridad y de la sabiduría. La gente no me cuestiona; me escucha y me obedece”.

El añil habló mucho más tranquilamente que los otros, pero con igual determinación: “Pensad en mí. Soy el color del silencio. Raramente repararéis en mí, pero sin mí todos seríais superficiales. Represento el pensamiento y la reflexión, el crepúsculo y las aguas profundas. Me necesitáis para el equilibrio y el contraste, la oración y la paz interior.

Así fue cómo los colores estuvieron presumiendo, cada uno convencido de que él era el mejor. Su querella se hizo más y más ruidosa. De repente, apareció un resplandor de luz blanca y brillante. Había relámpagos que retumbaban con estrépito. La lluvia empezó a caer a cántaros, implacablemente. Los colores comenzaron a acurrucarse con miedo, acercándose unos a otros buscando protección.

La lluvia habló: “Estáis locos, colores, luchando contra vosotros mismos, intentando cada uno dominar al resto. ¿No sabéis para qué existís? ¿Para qué habéis sido creados? Cada uno para un objetivo especial, único, diferente. Yo existo para limpiar al mundo. Vosotros, todos juntos, para recordar que hay Esperanza…

Cuento popular

Y así, de pronto, recuperando este cuentito, me ha venido el paralelismo con la política de hoy, que no es más que la de siempre, al menos la de quienes desde el 78 estamos amparados por una Constitución que creíamos de todos. Y así, de pronto, me he preguntado en qué momento los colores de nuestros partidos políticos, los de todos porque nos representan a todos, es lo que tiene la democracia, empezaron a pelearse soberbios creyéndose mejores que cualquier otro color diferente al suyo particular. Y así el azul odia al rojo pero mucho más al morado, medio tolera al naranja, y hace que está peleado con el verde pero solo porque le quita los juguetes, mientras ignora al amarillo cuando no manda. El rojo cohabita con el morado aunque lo menosprecie, odia al azul a muerte, utiliza al naranja si le viene bien, e ignora y se ríe del verde siempre que puede. Y se siente amenazado por el amarillo porque es un matón. El naranja no se sabe muy bien a quién se arrima, pero desde luego no puede ver delante ni al morado y al amarillo, y el verde está peleado con el resto porque no van al unísono y va por libre en nombre de todos. El morado desearía ser color único y tener un lago donde poder admirarse eternamente. Y el amarillo hace ruido para no ser escuchado, con el fin de imponerse a los demás. Así, de pronto, lo reduzco al absurdo y creo que es porque ellos a su vez lo hacen. Y me da mucha tristeza. Y oye, qué capacidad de escoger los colorines, parece que cada partido se define según la leyenda y nadie ha querido el añil…

Se crea una sensación interna agobiante de desamparo cuando descubres que tus representantes se representan a ellos en vez de a ti, da igual el color, da igual si es tu preferido. Se te quitan las ganas de escucharlos cuando sólo tienen palabras contra los otros colores, y se olvidan de que forman una parte de un mismo arcoiris. Sé que llegará la tormenta, resonarán los truenos y nos cegarán los rayos. Y la lluvia nos limpiará. Así acaba sucediendo siempre con los colorines cuando se desmadran y olvidan su sentido. No quisiera verlo. No quiero estar aquí cuando suceda…

ESCUCHADO AYER

Dicen los viejos que en este país hubo una guerra
y hay dos Españas que guardan aún,
el rencor de viejas deudas
Dicen los viejos que este país necesita
palo largo y mano dura
para evitar lo peor
.

Canto a las libertades recobradas tras la muerte de Franco, buscando un espíritu de reconciliación alejado de todo revanchismo (libertad sin ira) y contraponiendo los valores democráticos de la nueva generación, frente a la tendencia autoritaria de muchos viejos en el país, que vivieron la Guerra Civil y reclaman para la nación políticas represivas. Estamos en 2020 y siento que sigo en el 76, año de la canción. Pero extrañamente, no son los viejos los que hablan de la guerra, sino los jóvenes que nos gobiernan y los de cualquier edad que crispan por las calles vestidos del color de su sentir, que además han conseguido a lo Bitelchús que haya de nuevo dos Españas. Sin olvidar las Autonosuyas, que en mal año aparecieron para replicar la guerra de los colores en cada rincón de España. Muy mal lo debemos estar haciendo cuando los temas de entonces nos valen para hoy mismo. Muy mal. Y sin ser agorera, se dice que la siguiente guerra será bacteriológica o similar, nada de escopetas o cañones, eso ya no se lleva. Y mira tú, ya hemos empezado a practicar con mascarillas.

De Pedro Salinas o cómo no conocerme en absoluto, o que me gusta un karma…

En ocasiones me dan arranques de revisar, recolocar y ordenar los pequeños caos que yo misma genero cada vez que me da por el orden. Y hoy le ha tocado el día a los libros que trasladé para poder pintar el mural que ahora preside mi salón y mis sueños. Uno por uno, los lotes han ocupado su espacio, hasta los que van a ser cedidos a bibliotecas, y de pronto, ahí estaba, Salinas y su trilogía, Edición de Montserrat Estartín, y todos esos poemas que nunca leí. Recordé quién me lo había regalado, y he buscado una inexistente dedicatoria porque reconozco que nunca llegué a abrirlo. Sólo había una S escrita, inicial de quien tuvo la idea de entregármelo como un tesoro. Con mi mejor sonrisa de medio lao lo he puesto en el montón de las cesiones a desconocidos. No lo leí entonces, y dada mi estúpido bagaje personal con S y lo furiosa que ando conmigo todavía por haber permitido que alguien así estuviera tan cerca de mí, he dejado el libro en el montón de los que dejo por cualquier lugar para que personas desconocidas se los lleven o hagan lo que les parezca con ellos. Pero entonces pensé en S y su afición por no dar hilo sin puntada, y lo abaniqué. Y ahí estaban, sus recuadritos rodeando frases escogidas, versos a medias, y hasta en poemas enteros, y he leído la selección de quien alardeaba de conocerme mejor que yo misma. Qué decepcionante es todo a veces, he pensado. Nadie que me conozca realmente me regalaría un poemario, y mucho menos, para enviarme un mensaje a recuadritos. Y así, su sorda voz se perdió por años hasta hoy, y mira que me alegro. Ahora voy entendiendo por qué sentía mi desprecio. Debió pensar que me derretiría, que correría a su lado o yo qué sé.

Y así, leo lo siguiente y es cierto que me sobrecojo:

“Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.

De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están descifrados ya.

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.”

Y me doy cuenta de que está todo recuadrado hasta la sombra que me encaprichó, y curiosamente el final aparece limpio de toda mácula. Así es S, se lo dije muchas veces, que siente tanto desprecio de sí, que es incapaz de quererse ni creer que le pueda pasar algo bonito. Y de pronto adoro a Salinas y su forma de describirme y sonrío y me lleno de vanidad, y entiendo algo mejor a S; su vacío es llenado por frases ajenas, por versos de poemas que hacen que las piezas de su puzle mental encajen, y reconozco su lenguaje en este autor, y en otro que también me regaló y he ido a buscar para despejar cualquier duda sobre esto, y abanico de nuevo a Pedro y vuelvo a encontrarme a S con aquel “No te detengas nunca cuando quieras buscarme. Si ves muros…” Cuántos años esperándome, cuántos repitiendo ese mantra. Es impresionante lo que unos versos pueden encender en una mente necesitada de lenguaje, de imágenes que proyectar, de vidas que soñar y situaciones que inventar. Nunca fui, vaya por delante. Despejé dudas y a correr. Y aunque hace tiempo que no sé de S, de momento nada me hace pensar que no siga releyendo a Salinas a ver si me encuentra en otro de sus versos. En el 12 y en el 34 lo hizo, y en el 42, dentro de La voz a ti debida. Y es ese, el 34, el que me recuerda por qué me daba tanto miedo su persona, y por qué me llenaba de razones cuanto más tiempo pasaba. Alguna selección hay en Razón de Amor, pero curiosamente, nada en Largo Lamento. Y ahí la imagino en este tiempo, escudriñando cada frase a ver si le encaja, a ver si encuentra la manera de expresar el dolor que pueda sentir desde mi firme postura de no volver a tener siquiera una política de mínimos respecto a nada que tenga que ver con S. ¿Otra vez te pones vanidosa? me preguntarás con sorna. No es eso, te responderé con cierto sonrojo, es que me divierte la imagen, el universo no nos pasa ni una y tarde o temprano te la devuelve 🙂

LEIDO HOY

“Y las has olvidado, porque nadie, con una ingratitud común a todos, se acuerda a la mañana de las telas que el cuerpo nos guardaron, ni de los ojos que mientras se duerme nos miran y nos miran anhelando salvarnos de los fríos más futuros”

Va a ser que me está gustando Salinas. Mucho 🙂

De magos y magas, o cómo cumplir 50 años y desear cumplir muchos más.

Querido Superman:

Sucede que en ocasiones esperas que llegue un día del que lo esperas todo, y nada sale bien al comenzarlo. Sucede que en ocasiones pones tu empeño en algo y el universo parece conspirar para que todo acabe siendo en vano. Sucede, en ocasiones, que sientes que es mejor meterte en cama y no salir en una semana.

Sucede, en definitiva, que cumplir 50 años no es nada, pero se complica si tengo febril la mirada, errante en las sombras, buscándote y nombrándote, con el alma aferrada a un dulce recuerdo y acabo llorando otra vez.

Y sucede, a la par que todo ello o tal vez por todo ello, que existen en este desconcertante planeta magos y magas que son capaces de convertir días oscuros en resplandecientes, momentos terribles en felices y sensaciones negativas en emociones que te desbordan a mejor, siempre a mejor. Todo comenzó al salir de tu Galicia, así que acompáñame hasta ayer.

Recordarás que muchas veces de niña te hablaba emocionada de mis personas favoritas, de cómo eran y cómo me hacían sentir, pero durante muchos años en nuestras vidas no hubo momento para hacerlo. Demasiadas tensiones, demasiado estrés y prioridades diferentes ocupaban nuestro tiempo. Años después retomamos, pero creo que ya estabas más en tu mundo que en el nuestro, y sólo prestabas verdadera atención a tu río, tus montes y tus recuerdos. Supongo que ahí empezó tu viaje sin retorno y no te lo reprocho, apenas te habías dedicado tiempo exclusivo y ya ibas tarde.

Por ello ahora, desde la calma, yo frente a la pantalla intentando expresarme como siempre y tú en donde quiera que estés, pero seguro que cerca, quiero volverte a contar de algunas de mis personas favoritas, esas que hacen que me brillen los ojazos y sonría aunque no se vea. Y así te quiero hablar de Estrella y Miguel, y Mara y Ceci, y la abuela, claro, porque somos familia por elección. Al final, papá, y después de tanto empeño que pusiste en darle valor a la sangre a toda costa, en inculcarme tu sentir, he dado por cierto el dicho de que la sangre hace parientes y el amor familia. La última vez que nos vimos yo no sé cómo explicártelo bien. Volvía para mi casa desde la tuya y paré en la suya. No importaron el cansancio, la tristeza ni la mala vibra al dejar a tu Lois Lane atrás, jamás la convenceré de que se venga conmigo. Lo hicieron tan bonito, tan amable y tan humano… Eran las 5 de la mañana y allí seguía, incapaz de romper el momento, escuchando las cantarinas voces de las adolescentes apoyada en el quicio de la puerta de mi dormitorio por un día, viéndolas revolotear a mi alrededor, con su madre sonriendo a pocos metros y Miguel recién retirado de la batalla de risas. Valió la pena, papá. Con ellos siempre vale la pena.

Y agotada pero feliz, un par de horas después seguí hasta Madrid, donde más magos y magas me esperaban, y así, comí con Mer y su familia, rota por el estado de la Señora Adela, ya muy precario, pero igual de amables, encantadores y de verdad, muy de verdad, sin imposturas entre todos ellos. También los siento míos y también me hacen sentir suya, y es una sensación que siempre me dibuja sonrisas en el alma. Y comimos ese arroz que compite con el de mi tía por alcanzar el primero de los más mejores, y reímos pese a todo, y hasta pude dormirme tranquila unos minutos.

Y más agotada pero más feliz Mer y yo nos fuimos a reunirnos con otra familia, y entonces Antonio y Viky, Malena y Arturo, y Mar, a la que recogimos de camino, hicieron su magia y la tarde dio paso a la madrugada, y las risas, complicidades y el amor que nos tenemos hicieron el resto y ya no había dolor, ni cansancio ni ausencias, y el mundo era mucho menos hostil y bastante menos malo. Era perfecto. Adoro cada encuentro y extraño el tiempo que pasamos lejos, así que todo es poco con ellos, pero en algún momento tenía que seguir camino y de nuevo el coche fue mi espacio vital por unas horas y así, al amanecer de nuevo, cargada de emociones, llena de sonrisas y nuevos recuerdos, llegué a casa. Y no te puedo describir las sensaciones, lo necesitaba tanto pese a todo…

Otra maga había obrado el milagro, y mi patio por fin era un patio, y todo olía a amor y respeto, a hogar. A tenerlo todo preparado para que yo no me tuviera que despeinar después de casi un mes de dura estancia en tu Galicia. Mis 50 sombras tenían que convertirse en 50 soles, y todo apuntaba a ello. Pero los días pasaban y nada salía bien, el trabajo se acumulaba llevándose mi energía, y el cuerpo me gritaba que me detuviera a cada paso, que ya no podía sostenerme más, y nada salía bien. Solo el esfuerzo de la maga Lali y de mis lentejuelas aunando sus sonrisas y apareciendo al unísono para felicitarme hicieron posible que llegase a respirar un poco. Un instante de paz entre tantas bombas cayendo a mi alrededor. Y así, otra de mis personas favoritas tenía que quedarse acompañando a una de las suyas que se estaba yendo y no podía acompañarla ni consolarla, otra que su madre no andaba bien y debía quedarse con ella, la Señora Adela que se acabó yendo en la mañana de la celebración y al final, mi cuerpo se rompió y me terminó sujetando a la fuerza y por las bravas. Y así llegó el momento de preguntarme qué demonios celebraba y si debía seguir con ello, y no encontraba respuesta. Pero la obtuve de ti. Miré esa gran foto tuya que me traje, esa en la que parece que estés hablando porque de hecho estabas en ello cuando te la hicieron, y pensé en lo que me dirías. Me dirías que había invertido allí mucho trabajo y cariño para prepararlo todo, me dirías que siempre fue mi día más especial, me dirías que esas personas iban a regalarme su tiempo y su esfuerzo y yo debía esforzarme también, me dirías que se compensarían las cosas porque de eso va la vida, de convivir con el dolor físico que en ocasiones nos enloquece y con la pérdida de quienes queremos, a la vez que sonríes y te sientes feliz, porque todo tiene su momento y su espacio, y nada es realmente incompatible.

Y se abrieron las puertas, papá, de par en par, tal y como estaba previsto. Y fueron llegando. Y no estaban todos pero cada uno de los que entraron eran especiales por lo suyo. Y así llegó la familia de Tomás y Chiqui, y Hugo se me abrazó a las piernas y ya empecé a sonreir, y Ángela me dedicó una de sus mejores sonrisas y competimos, y Tomás me abrazó como sólo él sabe, y Chiqui me miró y nos abrazamos y no hizo falta más, y detrás venía la Campana sin los niños, pero me trajeron un megáfono por encargo, para que el cumpleaños feliz se escuchara hasta en Rota, y así fue, con sirena de la policía incluida, y esa Pepa agotada recien salida de una guardia de 24 horas dando lo mejor de si, y esa Brigi cojeando pero sin dejar de enredar, aparcando su propia pérdida para arrancarme más de una carcajada, y esa Mercedes con ese vestido para la ocasión, y el otro para cuando saliera de la piscina, y uno más por si las moscas, qué clase, qué elegancia, qué bonito lo hizo… Y Ana sin Luna, pero ahí estaba pese a todo con la que le va lloviendo pero con la cabeza bien alta, y Juanma y Loles, mis caserosvecinosamigos, que aparecieron resplandecientes y se fundieron con los demás como si llevasen toda una vida juntos. Sé que estás tranquilo conmigo porque los tengo al lado y nada malo puede pasarme. Y Lali, claro, que despúes de tenerlo todo listo se echó a la espalda el papel de anfitriona porque mi cuerpo ya no respondía, y aunque todos ayudaron, se dejó la piel cuidando de cada detalle.

¿Los viste a todos, papá, pudiste verlos? Yo no tengo palabras para agradecerles. En el cajón se quedaron las velas de agua que compré, y las otras que preparé para ponerlas por mil razones. Tampoco me acordé de la piñata, se quedó olvidada en algún rincón como el arpa de Bécquer, y no pude inflar los globos del 5 y el 0 en plata, con lo que me costaron, porque de pronto descubrí que no tenía con qué, pero nada de eso importa, nada. Porque la magia existe y no hace falta más que juntar tu corazón con otros y dejar que todo fluya, que cada uno haga la que lleva dentro, sea de un tipo u otro, a su manera, dando lo mejor de sí mismo. No siempre hace falta una olla y un brebaje. Y aunque ya cada uno había agitado su propia varita mágica, lo hubo. Y se encendió la noche con la luz de la queimada. Y las llamas danzaron a ritmo de conjuro. Y si tus leyendas son ciertas, salimos purificados y protegidos.

Sucede que casi siempre sólo miramos desde nosotros, y no a nosotros. Sucede que en ocasiones nos olvidamos de que mientras observamos a los demás, y sentimos lo que sea, los demás nos observan a nosotros y sienten lo que sea. Y yo me olvidé el viernes de eso, como tantas y tantas veces. Pero anoche, un chiquillo que vale un reino me regaló un dibujo que acababa de hacer para mí. Y me di cuenta de lo ciega que soy a veces. Cuento la magia de mis lentejuelas, de mis compis de universidad, de mis amigos de vida. Cuento de mi familia de sangre, de la escogida. De las personas maravillosas que me encuentro en ocasiones, y de las que incorporo. Y hasta de las que se quedan por el camino porque dejamos de sentirnos especiales, a saber por qué. Pero me olvido de mi propia magia. De que siempre soy observadora de la magia ajena y descuido fijarme en la mía. Yo también tengo superpoderes y por eso todo lo que tengo en frente está porque yo estoy al otro lado. Quid pro quo en el mejor de los sentidos. Y así, a lo tonto lo bailo, expresión que siempre me hace sonreir, aparece Hugo y me pone en mi sitio.

Y esa soy, yo, según me explicó. Con mi varita mágica, haciendo una pócima. Era de madrugada, pero para él brillaba el sol. Y me hizo recordar que yo también estoy, que formo parte de ello, que cada cosa que me sucede es por mí. Mis personas favoritas, las que nombro y las que no, existen en la medida que yo también formo parte de sus personas favoritas. Pues claro, tonta, me dirás. Pues nunca pienso en ello de esa manera, te diré. Pero esta tonta y ciega, junto con todas las demás que percibe cada persona que me tiene en su vida, también soy yo…

ESCUCHADO AYER

Mira, te he dibujado. Esta eres tú haciendo magia, y ésta es tu varita mágica.

Hugo, ni te imaginas cuál es tu superpoder. Pondré tu dibujo junto a mi otra yo, esa que me dibujó mi hermano cuando se viste de él, y que también y tan bien me define.

No te rindas (In memoriam)

Querido Superman

No sé si lo habrás aprobado o se te habrá torcido el gesto del disgusto, pero no he podido hacerlo. Viajar por tu cumpleaños cuando ya no vas a estar esperándome era demasiado. Demasiado triste, demasiado vacío, demasiado frío. Demasiada ausencia. Aún no creyendo que si nos vamos, nos vamos, no verte, abrazarte o besarte significa que quedan anulados cinco sentidos de golpe, quedando el sexto como único adalid. Muy poca alforja para tanto viaje.

Será que a la tarde tengo que llevar una bicicleta a un cliente con el que ando de trueques con ellas, será que hoy es un día para recordarte, será que será que es, pero llevo desde que me he despertado con la imagen de mis manitas sobre un manillar, un envase de yogur Danone de fresa aplastado en el suelo a pocos metros y tú justo detrás diciéndome “Tienes que llegar hasta aquí, tú puedes, no te rindas y no dejes de pedalear”. Supongo que acababa de tomarme el yogur, mi preferido, por el que me peleaba con mis hermanos porque era el único que me gustaba, y lo quisiste usar de meta. Recuerdo llegar a aquel envase y gritar y reír y abrazarnos. Recuerdo aquel envase cada vez un poco más lejos. Recuerdo que sólo estábamos los dos y era todo cuanto me hacía feliz. Tu amor, tu atención y tu respeto. Todo eso me dabas.

Será que tengo la piscina fuera y necesito meterme en ella y flotar, dejarme mecer un rato, desconectar. Será que no puedo pensar en nadar sin acordarme de cómo me llevabas enganchada a tu espalda cuando yo aún no sabía, de cómo te llamaba Sebastián y te pedía que fuéramos allí o alló, de cómo te colocaba una gorra imaginaria y nos reíamos cuando te decía que eras el mejor chófer del mundo. Ahora soy yo la que lleva mini yos a la espalda, y quien se rie cuando me ponen una gorra imaginaria.

Será que luego tengo que coger un momento el coche y conducir, será que desde que no estás he tomado tus costumbres, será que contigo aprendí, pero recuerdo cuando mi sitio en los viajes era entre mamá y tú, cuando aún cabía apoyada entre los dos asientos, girada siempre hacia ti, hablando contigo, preguntándote mil cosas, pidiendo que adelantaras a alguien, intentando que mamá se arrancara a cantar, jugando con mis hermanos a ver quién veía antes el mojón del kilómetro con su capucha roja en lo alto, y recuerdo que a veces me lo chivabas. Nunca supe cómo lo hacías, cómo sabías que venía detrás de una curva cualquiera, era muy chica, pero un día harto de preguntas me contaste tu secreto y me hablaste del cuenta kilómetros. No me pareciste menos listo por ello. Ahora soy yo quien en mis viajes juega a encontrar el siguiente poste de kilómetro, el alfabeto entero en las letras de los carteles y en los camiones, quien contesta a mil preguntas en el coche a niños curiosos, quien les pone canciones que piden y adelanta a otros coches riendo.

Será que luego tengo que comer, será que nunca falta en mi mesa el agua helada como nunca faltó en la nuestra, será que me dabas siempre gusto cuando te pedía que me hicieras filloas, carne asada o churros, y te ponías a hacer la masa, y te miraba fascinada con aquellos gestos tan tuyos al cocinar. Será que siempre fuiste paciente conmigo explicándome cómo hacías cada cosa, la mezcla perfecta, la temperatura adecuada, la sal debida, con la voz de mamá de fondo corrigiendo, mandando, disfrutando. Me enseñaste a hacerle caso pero eso nunca lo aprendí del todo. Ahora soy yo quien cocina escuchándola, siguiendo sus indicaciones, dejándome guiar en sus recetas. Ahora soy yo quien hace filloas y empanadas, amasando como me enseñaste, mimando los ingredientes, y vigilando el fuego o el horno.

Y será que mañana tengo que viajar, o pasado, y volver a tu casa, a tu tierra, a tu pueblo, y seguirás sin estar, aunque estés en cada nube, en cada gota de agua del río, en cada pedazo de tierra del monte y en cada hoja de árbol. Qué ironía. Ahora que estás en todas partes a la vez es cuando más te extraño. Será que me faltan los cinco sentidos y el sexto hoy no es suficiente.

Como sea, no dejo de escucharte en nuestro día decirme “No te rindas, tienes que llegar un poco más lejos cada vez, no dejes nunca de pedalear…” Y no, no me rindo, demasiado lo sabes ya. Si pasé una y otra vez por encima de aquella meta yogurina por más lejos que estuviera y no levantaba dos palmos del suelo, imagina ahora con lo grandullona que estoy.

Espero que celebres ahí arriba con todos los que ya se fueron. Que disfrutes de una mesa donde no te falte nadie. Que brindes por algo bonito y que te fumes un puro por mí, de aquellos de cuando era niña y me tumbaba encima de ti para ver el humo bailando entre los rayos de sol que se colaban por entre las cortinas. Que comentes que cuando niño el pulpo era comida de pobres y mira ahora. Que juegues con las migas del mantel como siempre. Que te manches la corbata o la camisa, y que le des un largo trago al agua frunciendo los labios, que te pones muy gracioso. Que te acuerdes de que tu regalo lo tengo yo, como siempre, al final creo que se convirtió en algo nuestro el que me lo quedara sin más. Aquí lo tengo, en la ventana de al lado. Es un libro que escribí. Y es un libro que se ha reescrito desde tu marcha. No te mereces menos que el que lo cambiara. Por eso no lo terminaba nunca de armar del todo, no era el que tenía que ser. Ahora ya puedo terminarlo pero recuerda que es tuyo aunque lo tenga yo. Como siempre. Porque me enseñaste a amar los libros, a aprender de ellos, a vivirlos y sentirlos, a respetarlos. Porque siempre fuiste el libro gordo de Petete.

No me rindo, papá, no me rindo. Y procuro que mamá tampoco lo haga. Ni Javier. Y de más lejos los demás. Y si fallo recuerdo tus palabras. Y si no las escucho porque me falla también el sexto sentido para escucharlas, entonces me escucho yo. Y es como volver a escucharte a ti con cada gesto, con cada mirada, con cada mimo, con cada sonrisa, con cada todo tuyo. Tuviste una embolia y estuviste en coma. No te rendiste. Volviste a tener otra años después que te dejó ladeado. No te rendiste y anduviste bien derecho, con las manos firmes, con la mente clara, cuidando de tus pacientes como siempre. Tuviste un cáncer de vejiga, no te rendiste y la quimio ni le restó pelo a tu melena a lo Einstein. Tuviste un trombo en la pierna, un estrechamiento en la carótida, microinfartos, te partiste el talón de aquiles, y unas vértebras al comenzar a andar de nuevo, y más coma después, y más de todo. No te rendiste. Nunca te rendiste. No te tumbó el rendirte, te tumbó un pacto con la muerte. No era por ti, sino por nosotros. Sé que bastante por mí. Nunca te rendiste.

No me rindo, papá. No dejo de pedalear ni aunque no alcance a ver el aplastado envase de yogur a lo lejos. FELICIDADES.

ESCUCHADO HOY A LA MUJER DEL ESPEJO

No te has rendido. Bien. Estoy orgullosa. Ahora un poco más lejos. Así… biennnn…

Y le he sonreído. Y he brindado con mi reflejo y con él. Y he pensado en darme una vuelta con la bici al caer el sol. Tengo un envase que aplastar, y una nueva meta que conseguir…

Felicidades, papá. Te quiero.

Decíamos ayer, dicebamus hesterna die…

Atribuye la historia el título de este post a Fray Luis de León, tras incorporarse a su cátedra después de pasar un tiempo encerrado por asuntos de la Inquisición, aunque no haya prueba documental hasta pasado dos siglos de la anécdota y se dude de que realmente llegase a retomar sus clase con esas palabras. Lo cierto es que Unamuno conocía la expectación que despertaba lo que pudiera decir al volver a su cátedra tras la dictadura de Primo de Rivera, y utilizó la potencia de esas dos mismas palabras en su primer día de clase tras su exilio, que han pasado a la historia como la reafirmación de una mente libre resistente al viento y a las mareas.

Así que con la arrogancia que me caracteriza, empiezo hoy con esa misma frase y te cuento, querido Superman, te cuento.

Después de tantos meses de encierro, tristeza y presiones internas y externas, por fin pude ir a ver a tu Lois Lane. Esperaba encontrarme con una mujer consumida por la pena, el paso del tiempo y esa permanente sensación que tiene de abandono ajeno, tan propio de ella en los últimos cien años. Nada más lejos. Como toda viuda que se precie, si sobrevive a la ausencia, lucía hermosa, brillante, emocionada y hasta me pareció más joven y lozana al verla. Te extraña, como todos, pero no sé qué ha sido de su eterno plan de no sobrevivirte ni diez segundos para irse contigo a donde quiera que estés. Me tiene confundida ese aferramiento que tiene a ser quien fue, pero más aún la mujer que aparece cuando desconecta de sí misma. Es como si en su interior habitasen dos madres, la que nunca se permitió ser y siempre quise que fuera, y la que campó a sus anchas por nuestras vidas sin que nadie, ni siquiera tú, la detuviese. La observo atentamente porque cada vez se impone más la segunda, y eso a la primera no parece gustarle nada y cuando vuelve, lo hace especialmente cruel, pero ha dejado de importarme, ya sé que sólo es una fachada de no sé qué y cada vez le cuesta más ponerse el disfraz de ayeres.

Los demás andamos bien. Tu mayor se ha vuelto tan consciente de tantas y tantas cosas que al final, mira tú, nos equivocamos con él. El mediano ahí anda, con su cámara al cuello y resaltando la belleza de la naturaleza y sus habitantes, un artista delicado y sensible que nos muestra día a día un pequeño pedazo de montes, riveras y cielos. También nos equivocamos con él, fíjate. El pequeño ha vuelto a renacer de sus cenizas y se está convirtiendo en aquel que esperabas, emocionado con la vida, con sus cosas, retomando su arte a la hora de coger un pincel y darle vida a lo vacío, y poniendo en orden su interior y su exterior para retomar quien fue. Ya te dije que volvería. Y en cuanto a mí… no sé qué decirte. Me pregunto qué pensarías si me vieras. Me pregunto qué me dirías de los cambios. Quisiera que sintieras orgullo, y aunque sé que desapruebas ciertas decisiones personales, eso de no casarme, no haber formado una familia tradicional y bla, bla, bla, por lo demás creo que sonreirías de cómo me he levantado tras tu marcha, y me abrazarías fuerte fuerte, aunque eras más de cogerme de la mano y apretarla en señal de bendición.

Debo retomar mis asuntos ya, pero no quiero irme sin dejarte una de esas canciones que hacen que se me erice el alma. Cuando comenzaron los primeros acordes, miles de personas se la empezaron a cantar a ella y en lugar de aplastar sus voces con la prepotencia de muchos de sus iguales, se adaptó y les hizo los coros con la voz rota de la emoción acompañándoles delicadamente hasta que se levantó grandiosa, y rompiéndose según avanzaba por el escenario para terminar dejándose querer incrédula. Estéticamente el vídeo me deja embobada mirando cada una de las tomas. Te la regalo. Je’taime. Siempre.

ESCUCHADO ESTOS DÍAS

La risa de mis niñas de las lentejuelas saltando en una de esas camas elásticas, y la mía propia mientras sentía miedo de salir disparada, el silencio de mi ahijada escuchando atentamente mientras le explicaba cómo funciona su máquina de coser y la conversación de los cinco mientras pasaba lenta la tarde, la voz, tranquila pese a todo, de mi Mer al pasar a visitarla de vuelta a mi casa y el ratito de las tres, con mi Mar de vuelta por un instante, la charla con mi hermano nada tranquila, pero es que somo así de intensos, la cena en el porche de mi Luz como si fuera ayer, la reunión a tres con mi Jose y mi María, que saben a siempre, a porque sí y a auténticos, la bienvenida de mis gatas y el reproche de la rubia por haber tardado tanto en volver, las risas de mi Luna en la piscina retomada la nueva normalidad de mis espacios, la voz de mi primo Eduardo planeando un encuentro familiar soñado y las explicaciones de mi Lali contando emocionada sus avances para dejarlo todo precioso. Ninguna de esas personas son mías, ni siquiera los animales, pero todo ello me pertenece. Paradojas de una vida, que pese a todo y a todos, es bella.