Categoría: Cartas desde el Unicorn

Unicorn, 11 de enero de 2018

   Sentada a babor y sintiendo el viento helado en mi rostro, navego entre dos aguas que golpean al Unicorn con furia una y otra vez. No hay esperanza hoy de que amaine, así que el timón da vueltas como loco danzando al son del viento que lo gira, sin dirección definida. Las velas palmean dando ritmo a la escena, y el crujir de la madera recuerda a los quejíos gitanos más puros, como si el Unicorn se hubiese transformado de pronto en un tablao improvisado.

   Podría intentar poner orden, decirle al viento que calle, que no me grite, que echo de menos sus caricias, pero sé de lo inútil que es y me limito a jugar al despiste fingiéndome sorda a su sonido. Podría sujetar con firmeza el timón, sorteando las olas opuestas que zarandean mi barco, pero hoy no es el día de luchar a brazo partido con el mar. Podría arriar las velas y ponerme a cubierto, pero siento una imperiosa necesidad de dejar que el viento acabe por levantarme y llevarme muy lejos de mí. Sé que no sucederá, pero no dejo de imaginarme girando por los aires llevada por una fuerza que no puedo dominar, hasta quedar sumida en una inconsciencia infinita, de la que sólo despierte cuando todo haya pasado, cuando el mar enfurecido decida descansar, cuando el viento sólo susurre en mi oído y cuando el timón tome partido por una dirección y se deje guiar derrotado pero convencido.

  Pero mientras todo y nada sucede a mi alrededor, me acomodo un poco mejor, relajo la tensión con un sorbito de ron, y me afianzo con fuerza no sea que de tanto desearlo, el viento me acabe llevando.

  Os dejo, mi Señora, este lienzo sobre las aguas procelosas con la certeza de que acabarán por llevarlo hasta vos, que tenéis el poder de manejar las tormentas a vuestro antojo. Vuestra eterna navegante

                                                                                                      Bucanera.

 

Mar tormentoso nocturno. Ivan Aivazovsky. De su ingente obra de en torno a seis mil cuadros más de la mitad abordan este tema y llegó a ser, de hecho, profesor de pinturas marinas en la Academia Imperial de las Artes.

LEÍDO AYER

“Soledad”

En ti estás todo, mar, y sin embargo,
¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!
Abierto en mil heridas, cada instante,
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.
Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late y no lo siente…
¡Qué plenitud de soledad, mar sólo!

Juan Ramón Jiménez. De “Diario de un poeta recién casado

El libro de las hojas en blanco…

   Me encuentro en esta madrugada eterna sin poder descansar, pensando en que tengo que hacer tantas cosas que me asusta que en realidad no pueda llegar a hacer ninguna. Parece mentira lo que la mente puede idear para mantenerse activa aún cuando necesite descanso. Me consume tanta energía el pensamiento en ocasiones, que cuando me tengo que activar físicamente me siento agotada y acabo sintiéndome como recién llegada de la cantera. Picar piedra no puede ser tan cansino como no dejar de pensar, estoy segura, así que, cuando llevo un tiempo con la cabeza a vueltas, busco la manera de relajar y cuando no estoy trabajando, escribo casi compulsivamente. A veces vengo por aquí y dejo algunas líneas, otras las guardo en el cajón de las letras perdidas, y la mayoría de las veces ni siquiera llego a plasmarlas en parte alguna. Las escribo en el libro de las hojas en blanco, ese sobre el que leí una vez, el mejor libro del mundo, solo que no necesito tenerlo en mis manos para que realice su función. Seguro que estás pensando en cómo se puede leer un libro que no contiene palabra alguna, ni ilustración, ni título que te oriente. Seguro que estás pensando en lo loca que parezco algunas veces. Y seguro que no lo has pensado detenidamente. El libro de las hojas en blanco es el más práctico y perfecto de cuantos te puedas encontrar. Lo coges en tus manos y piensas en su título. Después, visualizas la portada, y quién es su autor/autora. Lo abres, y empiezas a “leer” lo que tú quieras, escrito sólo para ti. Siempre será el libro perfecto, porque responderá exactamente a lo que necesites en cada momento. Cada personaje, cada trama, cada narración, será como quieras que sea. Vaqueros, piratas, amantes, mascotas, arte, historia, música, misterio, acción, amor, aventuras, poesía, recopilación de cuentos, o novela corta… Todo es posible en un libro así. Al retomarlo otro día, puedes seguir la trama, iniciar una nueva o simplemente cambiar de estilo.

   Loca, definitivamente loca, estarás pensando. Pero eso es porque no te has puesto. Y te desafío a que lo hagas. No tengo tiempo, me dirás, y seguramente sea cierto. Pero en realidad no es eso. Asusta todo a lo que nos enfrentamos cuando tenemos que empezar de cero. Un lienzo en blanco, un folio nuevo, un trabajo recién conseguido, o una mascota recién llegada. Pero si te detienes un instante a darle una vuelta más a cómo empezar, te darás cuenta de que no es verdad que partas de la nada. Tienes un montón de recursos para poder comenzar. Experiencias, deseos, sueños, recuerdos, pensamientos, ideas… Toda una vida, haya sido más o menos plena, para partir desde ahí. Y el resto llega solo.

Ahora me encuentro ante un nuevo reto y nada está aún iniciado. No dejo de pensar en ello, y cada pensamiento es una piedra picada en la cantera, cada duda, un golpe de pico, cada proyección en el futuro, uno más, y cada enfoque nuevo, otro golpe más. Así las cosas, y dejándome adormecer por fin mi mente,  me pregunto…

Y tú, que siempre te enfrentas al pánico de lo nuevo y pierdes, o que cada día amanece en blanco para ti y consigues llenarlo de contenido, dime, ¿Qué te preguntas tú?

LEÍDO AL PASAR

‘Leer sin meditar es una ocupación inútil’ – Confucio