Categoría: Preguntas en el caos…

Dúo Dinámico Vs. Pitingo…

 

“Soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie.” (Resistiré-Dúo dinámico)

“Prefiero romperme antes que doblarme.”  (Pitingo en una entrevista radiofónica)

Sentada en mi pequeño escritorio del salón pequeño, en su ángulo oscuro, recuperado después de meses olvidado y cubierto de polvo como el arpa de Bécquer, reflexiono ante esas dos posturas, la primera de sobras reconocible y la segunda cazada al vuelo escuchando una entrevista a Pitingo. Si me preguntases, te diría que soy como el junco, pero alguna vez me ha tocado romperme en mil pedazos y no me ha ido mal la reconstrucción. De igual manera hay personas de mi entorno que se han roto en algún momento y se han tenido que reconstruir. Incluso una amiga llegó a romperse adrede tras una ruptura brutal para poder renovarse cuanto antes. No arriendo la ganancia, la verdad. Resulta agotador y desquiciante el dolor que se siente al romperte, te deja en un estado terrible de desolación. Crees que de esa no sales. Sientes que el mundo sigue su camino imparable mientras tú te has quedado paralizado, rodeado de pedacitos de ti, sin saber por dónde empezar a recoger y sin ganas de ponerte a hacerlo. Y durante un tiempo que se te antoja eterno, no eres ni una sombra de quien fuiste. Y eso me lleva  a una historia fascinante de un tipo de águila que se rompe para poder regenerarse y sobrevivir. Creo que la he mencionado alguna vez, pero no está de más recordarla:

«El águila real es el ave de mayor longevidad de su especie; llega a vivir 70 años, pero para llegar a esa edad, a los 40 años, deberá tomar una seria y difícil decisión.

A las cuatro décadas de vida sus uñas se vuelven apretadas y flexibles, sin conseguir tomar a sus presas con las cuales se alimenta.

Su pico largo y puntiagudo se curva apuntando contra su pecho, sus alas envejecen y se tornan pesadas y de plumas gruesas. Volar se le hace ya muy difícil. Entonces el águila tiene solamente dos alternativas: morir o enfrentar su doloso proceso de renovación, que durará 150 días.

Ese proceso consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse ahí, en un nido cercano a un paredón, en donde no tenga la necesidad de volar.

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Después, al encontrarse en el lugar, el águila comienza a golpear con su pico en la pared hasta conseguir eliminar la parte blanda. Luego de hacer esto, esperará el crecimiento de un nuevo pico con el que desprenderá una a una sus uñas talones. Cuando los nuevos talones comienzan a nacer, comenzara a desplumar sus plumas viejas.

Finalmente, después de cinco meses muy duros, sale para el famoso vuelo de renovación que le dará 30 años mas de vida».

Reconozco que después de mucho tiempo de darla por válida, investigué y no está demostrado científicamente, más bien los datos con los que se cuentan indican que no es posible. Pero no me sorprende que se haya extendido como algo real si tenemos en cuenta que en la mayoría de las culturas se ha tenido y se tiene al águila como animal que simboliza el sol, el cielo, el rayo, el trueno, reina de las aves, símbolo de Zeus, y la renovación para los cristianos. Para los indios aztecas era el ave poderosa que representaba lo grande, lo alto, lo elevado. Los egipcios dibujaban con su figura la primera letra de su alfabeto jeroglífico. Los chinos representan al águila sentada sobre una peña y con ello simbolizan al luchador que aguarda un combate decisivo. En algunos de los más antiguos sepelios reales, mientras el fuego consumía los restos del soberano, se hacía volar un águila y se consideraba al ave el vehículo alado del alma del muerto en su viaje hacia los dioses. Se creía que la fusión del águila y los rayos del sol propiciaba la alquimia del rejuvenecimiento del rey.

Así las cosas, me pregunto si lo que hace el águila, lo que hacemos nosotros, es rompernos en realidad o sólo doblarnos hasta llegar al suelo. No tengo una respuesta debidamente formada, por lo que mi cerebro analítico le da un culetazo al irracional y se pone a pensar en ello. Lo cierto es que el junco, si se parte, no puede volver a levantarse. Igualmente creo que le pasaría al águila, que si se arrancara alas y uñas y acabara con la parte blanda del pico, sería su fin. Y qué decir de nosotros. Cuando nos rompemos completamente no hay cirugía que lo arregle. Pero si nos vamos a un sentido figurado…entonces sí funciona el axioma. Y con esa idea sí puedo responder. Definitivamente soy un junco, no prefiero romperme de ninguna manera posible o imposible sino que mejor me doblo y ya. Y por supuesto no entiendo a Pitingo. Quizás se refería a que prefería romperse antes que doblegarse, pero aún así, los cementerios están llenos de orgullosos que se quedaron en pie en vez de doblar la rodilla y luego ya verían cómo resolverlo. Y eso me lleva a recordar lo que escuché decir en una conferencia a Emilio Duró respecto a que el ser humano tal y como lo conocemos desciende de una raza de cobardes. En la época de los cromañones y neandertales, los que sobrevivieron fueron los más cobardes (o más listos, según se mire). porque el valiente que se enfrentó al bicho o amenaza de turno, ese murió el primero.  Pues eso. El junco. Siempre el junco. Y ya lo arreglaremos luego 🙂 Con el tiempo, los más valientes de los últimos siglos son los mártires muertos por la causa, y los que sobreviven son los que se quedan agachados esperando su momento. Es nuestra naturaleza. Soy águila. Soy junco. Y pensando en todo ello me pregunto…

¿Y tú? Seas de los que andan bailando al son de Resistiré o de los que se mecen con la fina soulería de Pitingo… ¿Qué te preguntas tú?

PREGUNTADO AYER

– Y tú, ¿Eres junco o prefieres romperte antes que doblarte?

Todas las respuestas fueron junco. Pues eso.

Preguntas en el caos…

Aparto los documentos que utilizo para redactar demandas, recursos o lo que corresponda, observo las carpetas que pueblan mi mesa  y respiro hondo antes de lanzarme a la aventura de dejar que mis dedos se deslicen sobre el teclado a su aire, sin dueña que los guíe ni mente los sujete. Dejo vagar mi mirada por la pared de enfrente tratando de evitar un pensamiento que lleva un buen rato llamando mi atención para salir al frente y llevarme la contraria para variar. Me fastidia que mis pensamientos me contradigan en ocasiones, deberían ser más sumisos y haberse acostumbrado ya a darme la razón, pero no hay manera de dominarlos y acabo por rendirme a sus reclamos.

Leía hace unos días a un bloguero que ha decidido seguirme y al que le he correspondido con mis atenciones, en un post que me hizo reaccionar al instante. Puedes leerlo PULSANDO AQUÍ No pude evitar comentarle que “Quisiera poder. Dejarme estar y no pensar siquiera un instante. Pero ni las telarañas de nubes ni los domingos me lo permiten. Alguna vez he soñado ser ese pájaro solitario que vuela sin más, pero tampoco funciona. Igual si me entierro un poco más bajo la manta el silencio me acalle el pensamiento… Saludos lobo, interesante aullido.”

Acostumbro a quejarme de que mi mente no descansa, no consigo dejarla en blanco, y en periodos de agitación como el que me contempla me siento agotada y tensa, sin encontrar acomodo aunque parezca tranquila y apacible. Se me nota al hablar y al escribir, y todo lo hago más rápido, como si al acelerar mis tiempos encontrase la manera de alcanzar el ritmo de pensamientos que cruzan mis neuronas a cámara rápida, como ese Benny Hill corriendo tras la rubia una y otra vez. Tiene sentido si lo piensas. Cuando dos objetos se mueven a una velocidad parecida, el que va más rápido pasa por tu lado a cámara lenta pero si no, te sobrepasa sin darte tiempo ni a verlo.

Intentaba hoy bajar el ritmo de todo el conjunto cuando paseando por la red me he encontrado con esto, cortesía de mi compi Noemí.

Y me he quedado absorta escuchando y siguiendo al ciclista en su caminar, y mi mente no ha pensado en nada durante esos 4:26 m, y me he sentido transportada y ya no era un dibujo de una bicicleta sobre una línea sino que era yo en mi bici pedaleando al ritmo de trombones, violines y flautas traveseras, y mi bufanda dejaba su estela a mi paso, y nada importaba más que seguir hacia adelante, sin detenerme, relajada y descansada, frenética en el movimiento pero no agitada, y al llegar a la meta del pentagrama he alcanzado un clímax imposible de describir, sin un sólo pensamiento que perturbara mis sensaciones.

Pensando en todo esto me pregunto si no tendré alguna neurona destinada a servir de contención cuando mis pensamientos se van de botellón y no dejan de decir tonterías entre sorbo y sorbo pese a mi conocida aversión por el alcohol,  y encuentra la manera de mandarlos a sus casas para que dejen de armar tanto jaleo, o si simplemente me gusta llevarme la contraria en cuanto tengo ocasión. Y entonces me descubro imaginando  cómo sería activar y desactivar el cerebro a voluntad y me pregunto…

¿Y tú, que no te permites pensar más que en las grandes ocasiones o que nunca has pensado más allá de lo doméstico, o que piensas más de lo debido…qué te preguntas tú?

ESCUCHADO HASTA HACE UN TIEMPO

– Deja de barrenar que te conozco.

Solía hacer caso de su consejo. Por un instante al menos. Tengo que recuperar esa voz que tanto me calmaba…

Del todo y la nada…

   Frente a la nada es tremendamente sencillo construir cualquier cosa que se te ocurra. El problema es que la nada existe pero no la conoceremos, al igual que el todo. Somos incapaces de imaginar ambos conceptos por más que lo intentemos, y mucho menos de conseguir alguno de ellos, por más que unos vivan para obtenerlo todo, y otros crean que no tienen nada. El infinito es una palabra que nos fascina tanto como nos asusta si tratamos de visualizarlo. El vacío es tan deseado en muchas ocasiones como aterrador si nos asomamos a él. Extremos imposibles para mentes imperfectas. Pensando en  los todos y las nadas me mareo, nuestro cerebro está diseñado para limitar y delimitarlo todo. De nuevo el todo como concepto imposible. Imagina que estás en medio del océano. Agua y cielo nada más a tu vista. Tu cerebro sobrevive porque sabe que en algún lugar, hacia alguna de las direcciones posibles, hay tierra que le pone coto al mar. Y en algún lugar de esa tierra, una montaña le pondrá fin a la planicie. Y en algún lugar, da igual dónde, terminará esa montaña y podrás pasear por el valle. Pero ¿Y si no sucede? ¿Y si llegas de pronto a la conclusión de que más allá de ese océano no hay más que agua? ¿A que te angustia la idea? Haz lo mismo con una noche eterna, un día soleado  infinito sin cambios de temperatura, sin nubes, sin… Los cambios. Eso es lo que en definitiva, nos permite vivir. Asustan, pero diferencian el antes del después. No sobreviviríamos sin ellos. Estoy cambiando, siempre estoy cambiando. Y tú, y tú, y también tú. Afortunadamente…

   Pensando en todo ello, y no teniendo nada claro, miro a mi alrededor y me pregunto…

   Y tú, que paseas por el todo y la nada como si no te importaran los infinitos matices que hay entre esos dos conceptos… ¿Qué te preguntas tú?

 

 

 

 

 

Día D

    Me siento frente a mi chimenea imaginaria, y observo embelesada cómo las llamas danzan al son de una inaudible melodía, mientras pequeñas estrellas saltan alegres de madera a madera. No pienso, sólo me dejo llevar por las extrañas figuras que las llamas dibujan en el aire, y poco a poco mis ojos se van cerrando dejándome en un estado de relajación que casi nunca alcanzo.

   Cuando abro los ojos a una realidad paralela que se me presenta, me encuentro en un gran salón donde destaca un majestuoso pino cortado de algún lejano pinar, adornado con bolas rojas y azules, alguna campana, y guirnaldas de colores rodeando el conjunto. Las luces parpadean en el interior del árbol, y un delicado Misterio se encuentra a sus pies. Los Reyes ya se encuentran frente al Niño, entregando sus presentes, y junto a ellos, un montón de cajas envueltas con mimo llevan una etiqueta con mi nombre. Adivino el contenido de algunas, los libros nunca me engañan, y juego a las adivinanzas con el resto, perdiendo en cada envite.

    Recuerdo las sensaciones repetidas cada año antes de irme a dormir, los nervios, el empeño en aguardar despierta su llegada, la decepción por haberme quedado dormida, la alegría al comprobar que finalmente habían podido encontrar al Niño en su pesebre, y la emoción de ir abriendo cada paquete con mis pequeñas manitas. Otros a mi lado hacían lo mismo, pero no recuerdo sus caras ni sus voces, ese momento era sólo para mí. Ahora tengo ocasión de volver a hacerlo, correr hacia el grupo de paquetes, abrirlos con cuidado, y descubrir su contenido con un gesto de sorpresa, así que no me entretengo y me lanzo a ello como si no hubiera un mañana. Y en ese momento regreso a mi realidad, y observo entre las llamas a esa niña arrodillada, y observo a esa mujer frente a la chimenea que no existe, y observo a la que escribe esto y me pregunto…

   Y tú, que nunca te dejaron un regalo aquellos en quien creías, o que abres cada regalo que la vida te entrega como si fuese ayer, ¿Qué te preguntas tú?

ESCUCHADO AL PASAR 

– Como no te comas la manzana los Reyes no te van a traer nada…

– ¡Sí claro, como si a ellos les importara esa tontería de na!

El libro de las hojas en blanco…

   Me encuentro en esta madrugada eterna sin poder descansar, pensando en que tengo que hacer tantas cosas que me asusta que en realidad no pueda llegar a hacer ninguna. Parece mentira lo que la mente puede idear para mantenerse activa aún cuando necesite descanso. Me consume tanta energía el pensamiento en ocasiones, que cuando me tengo que activar físicamente me siento agotada y acabo sintiéndome como recién llegada de la cantera. Picar piedra no puede ser tan cansino como no dejar de pensar, estoy segura, así que, cuando llevo un tiempo con la cabeza a vueltas, busco la manera de relajar y cuando no estoy trabajando, escribo casi compulsivamente. A veces vengo por aquí y dejo algunas líneas, otras las guardo en el cajón de las letras perdidas, y la mayoría de las veces ni siquiera llego a plasmarlas en parte alguna. Las escribo en el libro de las hojas en blanco, ese sobre el que leí una vez, el mejor libro del mundo, solo que no necesito tenerlo en mis manos para que realice su función. Seguro que estás pensando en cómo se puede leer un libro que no contiene palabra alguna, ni ilustración, ni título que te oriente. Seguro que estás pensando en lo loca que parezco algunas veces. Y seguro que no lo has pensado detenidamente. El libro de las hojas en blanco es el más práctico y perfecto de cuantos te puedas encontrar. Lo coges en tus manos y piensas en su título. Después, visualizas la portada, y quién es su autor/autora. Lo abres, y empiezas a “leer” lo que tú quieras, escrito sólo para ti. Siempre será el libro perfecto, porque responderá exactamente a lo que necesites en cada momento. Cada personaje, cada trama, cada narración, será como quieras que sea. Vaqueros, piratas, amantes, mascotas, arte, historia, música, misterio, acción, amor, aventuras, poesía, recopilación de cuentos, o novela corta… Todo es posible en un libro así. Al retomarlo otro día, puedes seguir la trama, iniciar una nueva o simplemente cambiar de estilo.

   Loca, definitivamente loca, estarás pensando. Pero eso es porque no te has puesto. Y te desafío a que lo hagas. No tengo tiempo, me dirás, y seguramente sea cierto. Pero en realidad no es eso. Asusta todo a lo que nos enfrentamos cuando tenemos que empezar de cero. Un lienzo en blanco, un folio nuevo, un trabajo recién conseguido, o una mascota recién llegada. Pero si te detienes un instante a darle una vuelta más a cómo empezar, te darás cuenta de que no es verdad que partas de la nada. Tienes un montón de recursos para poder comenzar. Experiencias, deseos, sueños, recuerdos, pensamientos, ideas… Toda una vida, haya sido más o menos plena, para partir desde ahí. Y el resto llega solo.

Ahora me encuentro ante un nuevo reto y nada está aún iniciado. No dejo de pensar en ello, y cada pensamiento es una piedra picada en la cantera, cada duda, un golpe de pico, cada proyección en el futuro, uno más, y cada enfoque nuevo, otro golpe más. Así las cosas, y dejándome adormecer por fin mi mente,  me pregunto…

Y tú, que siempre te enfrentas al pánico de lo nuevo y pierdes, o que cada día amanece en blanco para ti y consigues llenarlo de contenido, dime, ¿Qué te preguntas tú?

LEÍDO AL PASAR

‘Leer sin meditar es una ocupación inútil’ – Confucio

 

 

Caminante, no hay camino…

   Me siento en el rincón de pensar como si de un castigo se tratara. Repaso lo aprendido en el taller de gestión de emociones pero de momento no encuentro las herramientas para gestionar las de hoy. Es abrumador ser propietaria de un cerebro que no para, que no descansa, que no respira ni me deja hacerlo a mí. Las preguntas sin respuesta se suceden, y nada hay peor para una necesitada de los porqué que no encontrar ninguno, o que todos valgan por igual. Ese es mi peor caos. Quisiera poder hacerlo distinto, ni mejor ni peor, simplemente diferente, pero no soy capaz. Como cada mañana de los últimos meses amanezco con la sensación de que mi puente hacia ninguna parte ha avanzado un poco más, y la niebla es tan espesa que ni siquiera sé quién o qué lo construye. ¿Son mis sueños los que ponen cada piedra, o acaso maktub, eso que ya está escrito de antemano, sigue su paso sin pausa hasta que se cumpla la última palabra y aparezca el punto final de mi propia historia? O tal vez sean los duendes, esos seres invisibles que apagan la luz de pronto, encienden la tele sin sentido alguno, o quitan de en medio objetos que acababas de ver allí, justo allí, hace un rato. Quizás sean ellos los constructores absurdos de un camino sin fin, y se van olvidando de poner las señales de peligro. O simplemente es cierto aquello de que caminante no hay camino, se hace camino al andar, y debería sentarme un rato a descansar. Sea como sea, lamento más los pasos indecisos que los precisos, más lo andado desde el borde que cuando he caminado por el centro,  y muchos más lo que no he dado, que cada uno de los que di.

   Si giro mi vista ahora mismo, me doy cuenta de que hay una recién estrenada compañera a mi lado. De momento no se come los muebles, ni destroza los cojines, pero todo se andará y tendré que sulfurarme un tiempo hasta que se le pase. De momento no es muy práctico tenerla por aquí, cuando intentas mantener a raya el caos ella no es la respuesta, pero sé que ha venido con su destino sellado y asumo el reto sin agobiarme.

   Y afortunadamente no es un camino solitario o abandonado el que transito. Afortunadamente distintas personas van y vienen incesantemente, a veces para pasear a mi lado, a veces simplemente se cruzan sin más, y otras se acercan a saludar.  Es un camino interesante si están ellos. Y aquí estoy, a punto de salir a la calle a darle respuesta a algo que me tiene loca estos días, y que no obedece a un pensamiento elaborado de esos tan sesudos que acostumbro a tener, sino algo mucho menos profundo y más doméstico… ¿Podrá nuestra protagonista caminar a mi lado de una vez por todas, o asistiremos a la penosa escena de ir medio a rastras como si no hubiese más que vacío tras el siguiente paso, y tendrá que venir otra vez mi vecino, el de los 80, al rescate, como la última vez?

Y tú, que no tienes rincón de pensar porque tienes claro cada paso, o que no te levantas de él porque te asusta el camino y andar, dime, ¿Qué te preguntas tú?

De edades y edades…

Me siento en mi rincón favorito acompañada del escaso fulgor del amanecer. Recordando este domingo he constatado que no nos equivocamos quienes afirmamos que hay dos edades, la que avanza con cada instante que vives, y la mental, que no tiene por qué coincidir con la primera. Hasta ahora, yo pensaba que aún sin coincidir necesariamente, la mental era igual de estable que la oficial. Tengo 47 años según mi partida de nacimiento, pero me siento como una joven de 30, por ejemplo, me he escuchado decir alguna vez. Sin embargo, no es una situación inamovible, qué va. Este domingo he experimentado por una vez un paseo por las nubes, bajitas, cierto es, pero que imponía respeto. Y he pasado por todas mis edades, hasta las que no tengo, en una danza caótica que cada cierto tiempo me acompaña, dejándome un extraño sentir que aún no he conseguido sacudir de mi mente…

Me apunté a la aventura cuando tenía 30 años, asistí al curso con 18, subí la escalera a mis 25 años, nerviosa crucé el primer tramo a los 35, en el segundo tuve unos 23, pero a partir de ahí, ya nada fue igual. El miedo, la falta de forma, mi oído maldito, y mi peso, jugaron una partida a cuatro y perdí todas mis edades vividas de golpe. Superé los 50, llegué en algún momento a los 60 y por un instante, sentí como una mujer extraña a mí, de unos 90, me poseía y me dejaba incapaz de dar un sólo paso más. Un muchacho de 12 años de edad física pero un señor de los de antes ya tan joven, vino a mi rescate, y sin burlarse, sin gesto de desprecio alguno, y con una sensibilidad que me dejó pasmada, fue sujetándome los tronquitos por detrás de mí hasta que pude alcanzar el siguiente árbol. Mis acompañantes iban delante, lejos, viviendo su propia aventura como debía ser, y no pude evitar envidiarles. Pero me concentré en cada paso que daba, uno más me iba diciendo, no permitas que te tengan que bajar, y poco a poco avancé hasta llegar al final. Hubo otro momento aún en que a punto estuve de claudicar y dejar que los cuatro de antes se llevaran el resto de la poca dignidad que me quedaba, pero un muchacho del parque vino a enseñarme a caminar por entre troncos que se balanceaban más que yo subida en ellos, y alcancé las tirolinas finales, que feliz me devolvieron sana y salva a mi edad real, superado ya el miedo y la rabia. Me reí de mí misma al ritmo de los demás, me sentí orgullosa de haberlo conseguido, y me felicité en silencio cuando nadie más lo hacía. ¿Que por qué lo hiciste, me preguntarías quizás si me tuvieras delante? Pues porque pude.

Pero aún así, aun sabiendo que pude y que podría hacerlo mañana aunque saliera igual de dañada, no dejo de preguntarme…

Y tú, que tienes todas las edades como yo, o que tal vez sólo tienes una por instante, la que te corresponde y ya, ¿Qué te preguntas tú?

Escuchado ese día

Oye, yo voy bastante lenta, ¿Quieres adelantarme? Te estoy estropeando la aventura…

No, tranquila, voy ayudando a mi hermano pequeño también, así que está bien así…

(Y así sería el hijo que nunca tuve, pensé de golpe)

El poder de la música…

Que la música es poderosa lo saben hasta los hombres de las cavernas, desde que descubrieron sus posibilidades golpeando piedras con palos o soplando legendarios cuernos.

Que la música es increíblemente hermosa, lo sabe aquel que sintió como su piel se erizaba y todos sus sentidos iban al unísino con ella.

Que la música resulta en ocasiones más eficaz que cualquier otro vehículo creado por el hombre, lo sabe cualquiera que se haya sentido transportado por ella a cualquier tiempo, lugar o situación pasada, presente o futura.

Que la música es capaz de vincular diferentes corazones que vienen de distintas guerras hasta hacerlos latir como uno sólo, lo saben quienes lo han vivido en cualquier concierto, por pequeño que éste sea.

Y que la música es capaz de comunicar lo que las palabras o los gestos no alcanzan, lo saben quienes la han empleado como el mejor de los mensajeros.

Aprovecho un breve espacio de tiempo entre papeles para pensar en ello y dejarme llevar. Aprovecho un momento en que todo lo demás no importa, para perderme en unos sones que hoy me calman, dejándome llevar por una melodía sin notas, compases, ni acordes, que sale de mi pecho sin cesar, y que carece de partitura y letra y sin embargo me parece, justo ahora, la más bella canción jamás compuesta, y me pregunto…

Y tú, que te dejaste llevar por cantos de sirenas o te empeñaste en ignorarlos…¿Qué te preguntas tú?

Escuchado hoy:

Vete-Me voy

Dicho a la vez, justo a la vez, como una señal, como el fin de lo que nunca debió ser pero era necesario, y como el principio de aquello que va a ser, y necesitaba  ese pequeño empujón para suceder…

Y yo con estos pelos!

   Amanece en el ala oeste y mejor que el sol hubiera esperado tres días más para salir. Las calles arden, las personas están más que requemadas, todo se asa en este infierno de asfalto y cristal. Todo el mundo protesta, los coches pitan al aire aunque sea, la costumbre es la costumbre, y todo anda mal a este lado del universo. Escribe, me dicen, y no me sale nada bonito. No sé si es el calor o las ganas de fundirme en la acera y quedarme de extraño escudo.

  La visita al médico me deja más desasosiego que calma. Tengo la extraña sensación de que llevo un décimo premiado. Tranquila, me dicen, no pienses en ello, no tiene por qué ser, a ver qué dicen los resultados. La moneda de dos caras la sigue teniendo mi Superman, aún no me ha correspondido en el reparto, y no termino de respirar.

 Mi futuro casero me dice, dos meses después de tenerme esperando por un tonto ahorro económico, que igual su hijo necesita el local para almacén. Protesto, no importa, queda en llamarme para decirme lo que sea. Le adivino una más que probable subida del alquiler y cierro los puños con rabia.

  Es la hora de comer. La cocina sigue siendo la misma, tomaron las medidas, casi me midieron a mí incluso, pero la vitro llegó con cuatro dedos más por cada lado, y el horno le acompaña. El cordero preparado con mimo desde hace un par de días, sacado por fin de su cárcel de hielo, me pregunta desde la nevera que qué voy a hacer con él, y no sé qué responderle.

  Malos tiempos para la lírica, mal día para dejar de fumar, mal momento para que venga una cliente a la que dejé dinero para comer y que no me paga por razones obvias, a mandarme un whatsapp absurdo de una Virgen diciendo estupideces manidas. Vive en la calle, entre cartones y bichos varios, pero maneja lo último en tecnología. Si pudiera indignarme más hoy, me indignaría, pero ya no me cabe, sobrepasé el nivel a las dos.

  Temo a la tarde, temo a la noche, y más temo a la madrugada. Paseando por el mundo hoy, me pregunto qué voy a hacer. Y como cada día desde hace varios, no tengo respuesta válida. Y tú, que habitas un mundo paralelo donde todo sale bien, que te lamentas porque nunca pasa nada en tu bien ganada vida…¿Qué te preguntas tú?

 

Escuchado hoy

Consulta de médico. Una mujer tumbada en el potro, con la dignidad al aire y el corazón parapetado tras las costillas. Dos chiquillos observan su silueta tras la cortina. La matrona que se asoma a la temblorosa dignidad. Tranquila, dice, es sólo un instante. Cojo aire y aprieto fuerte la camilla hasta donde puedo. El espéculo hace su trabajo y empieza la toma de muestra. Y de pronto una voz se cuela entre las sensaciones y el miedo, y exclama chillona:

– Tía Anaaaaa ¿Estás así por los pelos? Porque si no tuvieras pelos en el chichi como Sara, igual no te los tendrían que estar quitando!!!

Se elevó invisible mi depilado brasileño completo, la matrona soltó la carcajada, y el miedo se marchó con sus jajás, mientras mi rostro se sonrojaba hasta el infinito.

 

 

De fantasías…y realidades.

Fantasía.

(Del lat. phantasĭa, y este del gr. φαντασία).

1. f. Facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales.

De las tres posibilidades, la que más me ha atraído siempre es la última, la facultad que tiene nuestro ánimo de idealizar las cosas reales. Cosas, en este supuesto, que me hacen pensar en personas y situaciones, presentes y pasadas. Tenemos la tendencia a extraer conclusiones precipitadas de las personas que conocemos…o que conocimos en el pasado. Y tendemos a idealizar las situaciones que creemos viviríamos junto a esa persona. El ser humano es así. Y no me disgusta, como medio de disfrutar imaginando. Imaginemos pues. Imaginemos que nos encontramos con alguien que en su día conocimos. Pudo ser en el colegio, la facultad, el trabajo o en nuestro edificio. Observábamos a esa persona, nos atraía, y quizás llegamos a tener cierta relación. Imaginemos que volvíamos a casa, y en la quietud de la noche pensábamos en esa persona, y soñábamos con estar a su lado. Imaginemos que recreábamos sus miradas, sus sonrisas, su peculiar forma de moverse. Sus gestos. Todo ello reproducido en nuestra mente. Imaginemos que llegamos a pensar en tener algo…más…llegar a salir con esa persona. Imaginemos…

Los caminos se descruzan, los recuerdos se difuminan y por qué no, se bloquean. Y un buen día, pasado el tiempo, volvemos a encontrarnos. Y todo se revuelve por dentro. Y empiezan los recuerdos a absorbernos. a contagiarnos la ilusión y las ganas. Y descubrimos que es mutuo, que ya en su día fantasearon igual que nosotros lo hicimos. La fantasía se torna real y ahí estamos, siendo destinatarios de esos gestos, movimientos, sonrisas y miradas. Y todo ello nos hace sentir intensamente cada instante. Imaginemos…

Entonces me pregunto qué sucede cuando la realidad irrumpe, qué mecanismos se ponen en marcha en nuestro interior para disociar tanto la realidad de lo idealizado, la persona que tenemos delante con la que creíamos que sería, la situación perfecta imaginada mil veces, tornada en pesadilla en nombre de lo real. Cierro los ojos y recuerdo ideales, y los comparo con realidades, y me cuesta entender cuán distintos son. Y vuelvo al inicio, cuando el corazón se disparaba por un pensamiento, por una mirada, por una sonrisa, un movimiento o un gesto, y los busco en la pesadilla y no encuentro nada, y una y otra vez me pregunto…

¿Y tú, que idealizaste una vida, un instante, un latido de tu corazón, que viviste una realidad basada en recuerdos imaginados, que soñaste con rozar lo real con la punta de tus dedos, y quizás pudiste hasta conseguirlo durante un segundo…qué te preguntas tú?